jueves, 26 de abril de 2018

El escaparate de Inda al hilo de 'lo de Cifuentes'




(No tengo una buena consideración del modo en que Eduardo Inda entiende el periodismo.  Este texto forma parte de un proyecto más amplio que surgió de uno de los primeros escritos que incluí en esta 'cajadecosas' y que luego ha ido creciendo. Lo hago público ahora parcialmente aprovechando la dimisión de la presidenta de la comunidad de Madrid después de que el digital OKdiario difundiera un vídeo de cuando fue descubierta años atrás  llevándose dos botes de crema de un supermercado) 


 El escaparate de Inda

 La mayoría de la gente supo de Eduardo Inda (Pamplona, 1967) después de dejar la dirección de El Mundo/El Día de Baleares y regresar a la edición de Madrid tras  haber pasado por la dirección del Marca. La mayoría de la gente supo de Inda cuando simultaneó sus trabajos en El Mundo y su presencia en tertulias de la tele, sobre todo en la tertulia de aquel programa de La Sexta, el de los sábados por la noche, que vino a ser como una versión política del Sálvame de Tele 5. Dejó El Mundo, inmediatamente después de Pedro J. Ramírez, y fundó OK Diario, un digital creado a su imagen y semejanza y desde el que se dedicó a atizar a Podemos y a todo aquello que le pareció conveniente. En julio de 2017, un documental, Las cloacas de Interior (dirigido por Jaume Roures y con guión de Jaume Grau) le situó como un correveidile de los intereses de las tramas ocultas de poder. El 25 de abril del año siguiente vivió uno de sus momentos de gloria con la difusión del vídeo que forzó la dimisión de la presidenta de la comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes.

Inda se hizo con la dirección balear de El Mundo en 2002, cuando sustituyó a Luis F. Fidalgo después de un cambio de calado, que él mismo justificó en su primer artículo, que también afectó a la gerencia del periódico. Las referencias sobre Eduardo Inda no podían ser peores. Antes de desembarcar en El Mundo/El Día de Baleares, que se editaba en Palma, había dirigido la edición del periódico en Eivissa. Esa edición, no era en puridad una delegación de El Mundo de Pedro J. Es decir, que no formaba parte del proyecto fundacional del diario, quizá ni siquiera encajaba. Era un periódico montado por un sector del PP en las Pitiusas y empresarios turísticos de la Isla contrarios, de hecho, a algunos de los postulados que El Mundo decía defender en su línea editorial. Desde el principio, eso sí, fue un periódico contrario a la mayoría de izquierdas que entonces gobernaba en Baleares y especialmente anti Pilar Costa, presidenta del Consell de aquella Isla, pese a que ni al PP ni a los empresarios ibicencos que financiaron el proyecto les gustó el estilo de la nueva cabecera.
Lo que hacía el periódico –sin el apoyo, cuando no con la oposición, de la dirección de Mallorca- era trasladar el estilo “agresivo” que el diario de Pedro J. utilizó en la última etapa de Felipe González. A falta de escándalos sonados como los Gal, Ibercorp o los papeles del Cesid, hubo que recurrir a otros asuntos más de andar por casa que desconcertaron, incluso, a los patronos del proyecto y a sus valedores políticos. El propio líder del PP, el entonces coordinador del partido, Josep Juan Cardona (condenado años después a la pena más larga de cárcel por un caso de corrupción que se ha dictado nunca en Baleares) llegó a quejarse de que Inda pretendiera marcarle cómo debía ser su estrategia política y parlamentaria. El Mundo sacaba un tema y el PP debía llevarlo al Parlament. Estas cosas funcionan así. Sobre todo si se habla de información política.

Quizá se debiera a su carácter peculiar, quizá a la tupida red de intereses, a las complicidades que da el hecho de ser Islas o la cultura mediterránea. Lo que, en aquellos años, parecía bastante claro es que había  un tipo de periodismo que podía  tener éxito en Madrid y que no funcionaba  ni en Cataluña ni en Baleares. En Cataluña, el nacionalismo de Pujol supo aprovecharse bien de la forma de ser catalana y nadie, durante años y años, y hasta después de dejar la Generalitat, se atrevió a salirse del guión aceptado por todos los medios. Con la idea de romper este estilo, tan propio de Baleares, llegó Inda; primero a Eivissa y luego a Palma.

Aparentemente, la estrategia del director no iba ni con el 'espíritu balear' del momento (recién empezado el siglo XXI)  ni siquiera con el ibicenco. Titulares agresivos, grandes historias sobre noticias que no lo eran, explotación diaria de asuntos que se habían agotado (a veces desmentido) el mismo día de su publicación, afortunada elección de frases pegadizas para mantener vivos los temas, como “la web del Govern que enseña a drogarse” para referirse al patrocinio desde la Conselleria de Bienestar Social de una web sobre toxicomanías, marcaban el día a día. Ese asunto, “la web del Govern que enseña a drogarse”, se convirtió en una cruzada personal de Inda. La verdad es que, por la novedad del estilo, la gente hablaba de El Mundo e incluso se seguían las noticias. Hasta algún líder político llegó a ver útil el estilo  del diario en Eivissa, aunque no fueran precisamente los políticos del PP. “Es mi cruz” comentó el entonces ministro Jaume Matas a quien (en teoría), el periódico, debía allanarle el regreso a la presidencia del Govern en las siguientes elecciones de 2003.
Paradójicamente, el político con quien mejor relación llegó a tener Eduardo Inda fue el diputado verde Joan Buades. A ambos les unía la crítica feroz a la presidenta insular, Pilar Costa a quien el director bautizó como “la jefa”. La primera vez que Joan Buades visitó la redacción del diario en Eivissa se extrañó mucho de ver colgadas en las paredes páginas con su foto y anotaciones a mano al estilo de “muy bien, Joan”, “dales” y cosas por el estilo.
El director lo comentó un día: “A mí no me interesa ni el PP, ni el PSOE, ni ningún partido, lo que yo quiero son titulares que vendan”. Por eso daba varias vueltas de tuerca a los titulares. Los titulares (con muy buen criterio, por cierto) eran la obsesión de Inda. Lo tenía bastante claro y una vez lo explicó así: de nada te sirve tener la mejor tienda de diseño sin un buen escaparte.

No es que la teoría fuera mala.  Es que no la supo aplicar. Con la distancia, cuando se pueda analizar El Mundo de Inda (sobre todo el de Mallorca) habrá que señalar dos características que fueron las que llevaron, entre otras causas a la desmotivación (y finalmente abandono) de una parte de la, en general, muy excelente Redacción: el desprecio a los matices y la desconfianza en el producto final.
La gente de la Redacción lo debatió mucho, sobre todo en los días previos a la “fuga”. La dinámica de los periódicos es perversa. O te implicas o no te implicas y si te implicas puedes terminar por asumir todo lo que venga. El Mundo nunca llegó a publicar una mentira total. Lo que sucede es que no publicar una mentira no es sinónimo de publicar la verdad. La dinámica del trabajo en las redacciones te lleva a aceptar ese hecho. Un titular, se dice, es la interpretación de un texto pero nunca cabe en un titular todo lo que se quiere decir y el titular debe resumir. El famoso escaparate. Lo que ocurre es que, cuando en un escaparate se da el mismo valor a todos los productos, cuando no se distinguen ni se ordenan, se termina por no saber qué es lo que se quiere vender. Con el auge posterior de las redes sociales (pero eso ya excede a este capítulo) todas las noticias pasaron a tener el mismo valor.
Atendiendo sólo a los presuntos gustos del público, la calidad es imposible. En las páginas de un periódico –una perversa herencia de las televisiones- pueden aparecer correlativamente noticias como el asesinato de una mujer, la eliminación o el triunfo de un lugareño en un concurso de la televisión, la última intervención del presidente del Gobierno o los datos del paro. Eso fue lo que le pasó a El Mundo donde, además, a la hora de los análisis todo se dividía en buenos y malos. Y los malos, en general eran siempre los mismos. Sin matices.

En Agosto de 2002 –tras la salida paralela del anterior director y del gerente, que sólo se explicaría algún tiempo después- Eduardo Inda desembarcó en Palma. Antes había ocurrido algo. El periódico había editado uno de esos suplementos conmemorativos de algún aniversario. El artículo que, desde Eivissa, había escrito el futuro director, no salió tal y como lo había escrito. Inda se indignó y envío un duro correo electrónico a Fidalgo, explicando que nunca le había sucedido algo así. Sólo que aquel correo, intencionadamente o no, no lo recibió únicamente su destinatario, sino que llegó a todos los buzones del periódico.
Su primer artículo como director, firmado, el 18 de agosto en su columna semanal Los Puntos sobre las Ìes, llevaba por título 'Vientos de Cambio 'y en él avanzaba que “Seguiremos siendo, con más intensidad si cabe, el pepito grillo de la sociedad balear, el altavoz de lo que otros callan”.
Leído así (y como ocurre siempre con los textos genéricos), parecía una excelente declaración de principios pero quedaba claro que era el inicio de una etapa, más crítica que hasta entonces, con el Govern de izquierda, que se sostenía gracias a UM, y los gobiernos insulares. Aquel artículo incluía un ‘aviso para navegantes’, que se iba a exigir un reparto diferente del pastel publicitario. En un primer momento, Inda concitó incluso, el apoyo de Antoni Alemany, el primer director del diario cuando sólo se llamaba El Dia y que, en un artículo que posiblemente hoy no escribiría, llegaba a referirse a Inda como una “apuesta que me gusta”; defendía supuestas virtudes que otros no habíamos visto y auguraba que “de entrada aportará al periódico sus 34 años, es decir audacia, dinamismo y frescura”. Afirmaba que “ha despertado grandes esperanzas y expectativas”, que tendría que confirmarlas y concluía “Eduardo Inda lo tiene todo para comerse el mundo”.
Luis F.  Fidalgo, que había llegado al periódico para relevar Basilio Baltasar en abril de 1995, anunció que se tomaba un año sábatico. Terminó plenamente integrado en la sociedad balear y encargado de la imagen de la Corporación Financiera Alba, del Grupo March.
Inda llegó a la dirección en agosto y yo me marché octubre. Fue una salida pactada. Aparentemente, todo el mundo quería marcharse del El Mundo y una veintena de personas de todos los departamentos nos acogimos a un despido incentivado. Los de la ‘central’ no podían creer lo que estaba pasando. En lugar de luchar por continuar, luchábamos por marcharnos. En 2007, Inda dejó la dirección y volvió a asumirla Tomás Bordoy, que ya ocupó ese puesto cuando el periódico se llamó El Día 16.

jueves, 29 de marzo de 2018

Rock and Press

Era un garito de Palma, de esos en que lo mejor es olvidar el nombre y la dirección. No sé si  fue Marisa o el Rodas. Ahora tengo confundido quién me dijo que se había montado un grupo para la fiesta del Spib. Y allá nació Rock and Press. Y me sedujo. Y me enamoró. Y me cambió todo. Si hasta me puse a bailar.  Antes de Rock and Press, aquel año era  2005, yo no bailaba. Era muy comedido, de una timidez patológica. No perdí la virginidad con Rock and Press,  pero sí la verguenza. En un concierto, y lo sé porque hay una foto, arramblé con una señal de tráfico y la levanté como un trofeo cuando escuchaba a  Rasputín. El reservado, lo pone el Ibatur, eso lo sabemos. Y más cosas
 Rock and Press nos sacó un espejo y nos lo  puso frente a la cara. Y yo me ví. Y ví a amigos y amigas que no había visto antes. Y supe cómo se llamaban. Es algo que siempre me había reprochado Nekane. "Sandy, es que no te enteras, no ves", me dice todavía. Rock and Press me abrió los ojos. Y me hizo ver la profesión. Y me reí mucho con ella.  Igual que me reí cuando los de Ib3 enviaron una cámara para ver si era verdad que Gabi Rodas decía "María, fóllame" al final de Tengo una oferta de Ib3. Pero sé, Massutí, que los jefes de prensa de fiesta se van y que dejarán su despacho y su coche oficial.  Y que si me gusta esta historia, y quiero saber más, la tengo que buscar en la barra de un bar. Ya lo sé, los tiempos están cambiando. Pero he aguantado a Pere Bota que, como Cati o Teresa, está hasta las narices de que su jefe quiera un grupet. Cómo cambió cuando hizo los coros de Tuve una oferta de Ib3. Volvió nuevo. Hola, Carlos, gracias por llevarme a Ca na Palleva. Y porque Margarita pueda contar su historia.  Rock and Press aguantó hasta  2011 y llegó a un concierto para evitar que otra María cerrara  [M]. No lo lograron. Pero nos enseñaron que a todos los cerditos  les gusta  la corrupción. Gracias. 

martes, 2 de enero de 2018

El año (será) de la Polka


(Guardo en esta cajadecosas este escrito del último día de 2017 y pensando en la magia de los bares)

Allá fuera, está la pareja que juega al ajedrez. En la esquina de la barra, el periodista que escribe sus artículos en el Iphone. Como aún no ha llegado C, se ha puesto en su sitio. Hay un cartelito con su nombre. Cuando ella está, todo el mundo sabe que es su espacio. Es historiadora del arte, le gusta el cine, plastifica sus historias , a veces las regala, y organiza mercadillos. Pepe, Pepe Marroig, anda contando estos días que el bar ha cumplido cinco años. Es el culpable de todo. Bueno, digo el culpable y debería decir el mago. Ha organizado una especie de viaje en el tiempo. La Polka es el resultado de un hechizo. Ha atraído a gente de épocas distintas que se ha quedado allí como si tal cosa. A Carmina, que entra y sale de barra y lo controla todo (no se le escapa una) la conocí en el colegio. Como a L y a M, y a otras del grupo que aterrizan de vez en cuando, En la terraza, según entras, a la derecha, hay una mesa, que llamamos comunitaria. Se sienta todo el mundo y no hace falta preguntar. Allá se cuentan cosas y se tejen historias donde se mezclan épocas diferentes. Alguna vez está sólo T, que siempre habla de algún libro que dice que está escribiendo. O cuenta que el otro día le robaron la tablet. Hay noches de monólogos y también de conciertos. A la gente le da por bailar y hay listas de canciones con nombres de clientes y clientas que luego escriben cosas por Facebook. La Polka abrió de repente y parece que quiere quedarse. Mira, acaba de entrar la abogada de aquel caso tan famoso que instruyó el juez de la infanta. No, a él aún no le he visto por aquí pero sí a alguna jueza polki. Pepe se empeña en llamarnos polkis y hasta nos lo creemos. Los polkis no se quedan sólo en ese bar, a veces también van en procesión, en grupos de tres o cuatro, a La Posada, que está un poco más arriba. Los bares son santuarios y templos y cuando los nombras convocan a quienes han pasado por ellos. Eso pasa mucho en éste. Por ejemplo, sombras y los espíritus de la Moncloa y el Casablanca asoman algunas noches en La Polka y traen recuerdos y voces de los años ochenta. Si hasta J sigue poniendo cañas en la barra. Lo único que ha cambiado es que ahora pagas en euros y no con pesetas. Puedes retomar con T o con E conversaciones que entonces quedaron inacabadas y empezar otras nuevas. ¿Ves aquel cartel de Moncloa en la pared? Igual empujando el marco de cristal, cede, como sucedía con el espejo de Alicia y puedes pasar a través suyo y llegar a un mundo mágico que reúna todos los momentos del pasado y se enganchen a los de ahora. La conté a C, que también es polki, que la escalera por la que se subía a Moncloa coincidía, décadas atrás, con una de las ventanas del Bar Torres. Quizá esta noche de final de año todos y todas se pongan a bailar la polka en un aquelarre de épocas y lugares. Seguro que A hará mil fotos de ese momento. Viene a ser como el fotógrafo oficial, deja constancia de todo lo que pasa. O de casi todo. En esa mesa de allí se sienta el grupo feminista. Suele aparecer un día concreto de la semana. J celebró su cumple este año. Y también estaba L, que (casi coincidiendo con la apertura, bueno reapertura, porque la cosa viene de atrás) inauguró una librería peluquería de nombre también mágico que está agitando un poco la vida cultural del barrio. Igual que los conciertos en directo. La otra noche, uno terminó con una proclama que aún me ronda: “Viva la clase obrera, viva la música en directo, que los de arriba no entienden nada´´. Lo mejor está por llegar y seguro que este año nuevo será polki. Nos vemos en 2018.

domingo, 20 de agosto de 2017

La mochila de agosto



Metí en la mochila de las vacaciones el libro de Juan Cruz Un golpe de vida (Anagrama,  2017). No rehuyo el yo ,que tanta controversia despierta en el mundo del periodismo, y  me sumerjo con interés  en los libros de periodistas que  escriben en primera persona.Creo que Un golpe de vida  me ayudará  a revisar esta ‘cajadecosas’, pulir otros escritos que tengo por ahí  y  hacerles un hueco fuera del ‘blog’ .En eso estaba, después de haber pasado otro verano más por Boquiñeni, donde las campanadas del reloj de la plaza dan las horas dos veces y eso te da margen para una segunda oportunidad, cuando llegó el atentado de Barcelona
Inmediatamente todo cambia, incluso la referencia a las Ramblas  que guardaba  para recordar una  leyenda urbana, cierta o no, de un director que llegó a La Vanguardia en tiempos de Franco, se sorprendió de la gente que paseaba por ellas y lo primero que hizo fue encargar un reportaje sobre el asunto. Pero desde el 17 de agosto ya no se puede  nombrar a  la Rambla de Barcelona  sin más (ni siquiera para reforzar la idea de que nada ha pasado  hasta que se cuenta),   igual que  la  poesía es difícil  después de Auschwitz como enseñan Adorno y Primo Levi.

Reviso textos, añado y matizo  pero la actualidad manda y lo primero será dejar constancia del debate sobre el tratamiento que los medios han dado a los atentados y, especialmente,  a la pregunta sobre si la práctica totalidad de diarios impresos se equivocaron  con la fotografía de  David Armengou, de la agencia Efe,  que llevaron a sus portadas al día siguiente. Fue la misma que también eligió Ultima Hora, el periódico donde trabajo ,y que La Vanguardia recortó parcialmente por el ángulo izquierdo  para evitar una mirada de espanto y  un niño en pantalón corto  tendido en el suelo.  No viví aquella tarde lo que sucedió en la Redacción pero no me cuesta imaginarlo. Aunque el grueso de argumentos a favor y en contra se han dado en las redes (en general, periodistas ‘en activo’ la han defendido mientras que quienes no están en estos momentos en un medio de comunicación han mostrado bastante indignación)  el diario Hoy de Extremadura,  incluyó un artículo de Ángel Ortiz, sensato en  parte aunque con un hiperbólico final con el que pretendía zanjar  el asunto,  justificando la elección de la imagen.  Mi amiga periodista Nekane Domblás  comentaba que había notado mucho  "ursulinismo periodístico"  en la red.

Opino que la fotografía en cuestión merecía ser publicada  (lo que es morboso y repugnante es la exhibición constante, el detalle, el enfoque exagerado) y creo  que si todavía hay gente que almacena diarios de papel, sobre todo los ejemplares que aluden a momentos decisivos y que luego pueden ser consultados en una tarde de no hacer nada, se entendería poco o nada que no aparecieran imágenes de la barbarie. Diferente y reprobable, como también han hecho algunos medios, es haber incluido fotografías lanzadas desde  móviles  y que luego se exhibieron como trofeos macabros por la red.Nada aporta,  igual que no aporta nada  la constante repetición de imágenes en los informativos especiales de las teles. Se le escapó a una periodista a la que una cadena había ‘dado paso’ para un directo  desde algún escenario de la noticia  aquel jueves por la tarde  y todo el mundo pudo oír su comentario: “Es que aquí no está pasando nada”.

Me ha costado tomar partido, he tardado dos días en poner esto por escrito (cuando empecé a escribir,  la Rambla de Barcelona sólo era  la Rambla, o las Ramblas,  y  Cambrils poco  más que el lugar donde veranea gente que conozco de Zaragoza)  pero difícilmente podía no hacerlo si escribo de periodismo.  También añado que estoy convencido de que la controversia que debió darse en las redacciones sobre si publicar o no aquella fotografía en portada nació viciada  por una pregunta que seguro  planeó  en el ambiente y  que igual se verbalizó o no: ¿y si los otros la publican y nosotros no? Supongo que fue lo que inclinó la balanza. Sirva como reflexión inicial a la espera de que se manifiesten todas las contradicciones que llevo dentro, incluida que no vimos fotos de ninguna vícitima del 11-S  ya  que, seguramente, impactó  más la caída de las torres tras el choque de los aviones.  Y aprovecho ahora  para recoger un comentario de Juan Cruz en su libro  cuando aludiendo  a otro  asunto (el efecto que tendrán las declaraciones de un político que viajaba  en un tren)  se sorprende a sí mismo, escribiendo ‘reflexión urgente’ y cae en la cuenta de que es una paradoja. Por eso me he tomado mi tiempo sabiendo que, a partir del lunes todo volverá a ir deprisa, deprisa.

Las redes sociales lo han cambiado casi todo en este gremio. Es algo que se ha escrito o dicho hasta la saciedad y ya ha alcanzado la categoría de obviedad. Esta vez, sin embargo, me ha parecido notar una incomodidad mayor desde el periodismo ejerciente  hacia los comentarios críticos de las redes. Supongo que es el inicio del hartazgo pero , entre respuestas razonables, también se ha colado un punto de corporativismo.  Algo  positivo que tienen las  redes es que permiten controlar al que controla  y que es inútil tratar de ocultar nada, ni siquiera los debates internos de un medio de comunicación, porque todas las ventanas están abiertas. Eso facilita que se cuele mucho aire viciado pero también alguna brisa reparadora.

Ya no hay un solo Dios verdadero ni siquiera para decidir lo que es noticia y lo que  no. El periodista, o la periodista, se había puesto muchas veces en el lugar de Dios. Tal vez con el empeño de Edmond Dantès, el Conde de Montecristo, cuando proclama que, sencillamente,  le ha suplantado. Me divertí hace unos años con una reflexión de Arcadi Espada. En sus Diarios (Espasa Calpe, Madrid, 2002) incluía el siguiente texto:“¿Acaso ha dado alguna vez Dios su opinión?’, escribe Flaubert a George Sand la noche del 5 al 6 de diciembre de 1886. El ideal flaubertiano de que el autor desaparezca en el texto coincide con uno de los cánones periodísticos, de raíz anglosajona, que más frecuentemente se enseña en las escuelas. Flaubert veía su actividad como la de un dios que va disponiendo sus materiales y que con suprema indiferencia espera que estos hablen por él. No es en absoluto distinta de la visión que algunos periodistas tienen de su trabajo. ¿Qué es acaso, la voz mayestática del periódico, directa o indirectamente utilizada, ese Nosotros o Este diario ha podido saber (y qué decir del modestísimo verbo trascender con que los periodistas explican que se han enterado de algo), sino la aspiración de Dios? ¿Qué hay en el origen de la repugnancia que a tantos periodistas les provoca el yo sino una voluntad de divinización del mensaje?”

Lo curioso es que  el  empeño por la desaparición del periodista (y eso me permite volver a la senda con la que inicie el paréntesis de las vacaciones que tengo que cerrar)  sólo es comparable al empeño de éste en demostrar que ha sido el primero en enterase. Son las dos caras de una misma historia , que he podido ir constatando en este tiempo: de un lado, el intento de situarse al margen y aparentar que las cosas son las que son y que por eso se cuentan. De  otro, el malestar cuando alguien se atribuye haberlo contado antes.
  
Mientras leo el libro que llevo en la mochilla, anoto mi  teoría, no sé si equivocada o no,   sobre la relación de periodistas con textos de periodistas: que buena parte  del gremio tiende a marcar distancia, al menos públicamente porque si  admites que lees un texto, y sobre todo  si lo elogias por el modo en que está escrito más allá de si estás de acuerdo con la tesis de fondo,  corres el riesgo de  que pueda parecer que ‘ copias’ y no aportas nada nuevo.  Quizá sea una patología pero en  este mundillo se tiende a creer que somos  los primeros en todo, incluso en contar nuestra  vida, lo que ya es el colmo del papanatismo o del ego inflamado que se mueve por ahí desde mucho antes de Twitter y Facebook.

 Supongo que el día que  asuma que se puede escribir algo nuevo después de Proust, también conseguiré compartir todo lo que llevo dentro. Me ha interesado la sinceridad de Juan Cruz aunque me asuste el énfasis que pone en realzar su entrega casi religiosa al oficio y su defensa a ultranza, sin apenas un grieta que deje pasar dudas razonables,  sobre  el diario El País que, opino,  ya no es la bandera que en los años que siguieron a 1976 íbamos a buscar cada mañana a los quioscos y que un aciago domingo de diciembre de 2010  llevo a la portada del semanal a Belén Esteban y la presentó como ‘princesa del pueblo’. “¿Qué si no siento la necesidad de escribir un libro? Pues no, si hasta Belén Esteban escribe libros”, me contestó el otro día Sobral,  Gabriel Ferret, mi ácrata de cabecera, cuando le pregunté por eso.  Sobral  siempre da el  consejo oportuno (mal que le pese admitirlo),   está de vuelta de todo y que lo ha hecho todo, incluso textos que luego firmó Camilo José Cela.

Seguramente lo que me impide ver a mí el periodismo como un sacerdocio o  una religión sea el hecho de que yo escriba en periódicos sin haber  pasado por una facultad de Ciencias de la Información. Mi curiosidad es de ida y vuelta. Me gusta vivir las historias desde dentro, y hasta contarlas ( y por eso intento  recopilar lo que he vivido desde que llegué al Baleares en 1984)  pero me gusta, como estos días,  pasarme horas leyendo periódicos de papel. Cierro de momento la mochila y  el paréntesis de este verano, el tiempo en que  la reflexión no tiene que ser de urgencia, como volverá a serlo en cuestión de horas,  y la comparto en la red.   Qué, por qué y  para qué, aún  no lo sé. De momento sólo me atrevo a con el  quién  (que sería yo) y el dónde: entre Palma y Boquiñeni (Zaragoza) en  el mes de agosto de 2017, el de los atentados de Barcelona.

(PS. // Un diario, El País,  oculta hoy su portada ya que se vende encartado por la publicidad de un coche. Aún así,  compro a ciegas y me pregunto qué habría pasado si eso hubiera ocurrido al día siguiente de los atentados. ¿Se habrían tapado las fotografías? Ay, qué irrelevante puede  resultar todo, hasta lo trascendente)


lunes, 3 de julio de 2017

Farmacia de guardia, periódicos en la madrugada y un hipermercado

La Farmacia March Noguera, en el número 186 de la calle Joan Miró de Palma, ha cambiado de titularidad  en julio de 2017. Su hasta ahora propietario, el ex dirigente socialista balear Joan Mach Noguera (Palma, 1949), figura clave, no sólo para entender la política isleña, sino también las relaciones de ésta con el mundo de la empresa y de los medios de comunicación, ha optado por jubilarse y cerrar una etapa muy movida de la  historia,  repleta de episodios que hoy pueden ser ya vistos con cierta perspectiva.

Sobrino nieto del banquero que financió el vuelo del  Dragon Rapide que llevó a Franco de  Canarias a Marruecos  para encabezar el golpe contra el Gobierno republicano (julio de 1936),  Joan March Noguera es un personaje peculiar, que rompió con la familia, que vivió su etapa universitaria en Pamplona y que llegó al PSOE de la mano del Partido Socialista Popular (PSP) de Enrique Tierno Galván, que le retrata en su libro de memorias Cabos sueltos (Cinco Estrellas, Bruguera, Barcelona, 1981).
 Aunque es sabido que el ‘Viejo profesor’ (VP) se inventó buena parte de su biografía y que Cesar Alonso de los Ríos,  aportó pruebas fehacientes en La verdad sobre Tierno Galván  (Anaya, 1997), Tierno acierta plenamente con la descripción del joven March.  Aludiendo a la oportunidad de seguir adelante con un mitin en la plaza de toros de Vistalegre, el VP escribe lo siguiente: “Uno de nuestros compañeros, de inaudita energía, capacidad de trabajo infatigable y gran agilidad mental detrás de su apariencia tranquila y casi torpe, Juan March, fue quien insistió en hacerlo”.
Esa imagen, próxima al torpe aliño indumentario machadiano, es la que también paseaba en los años ochenta y noventa, cuando estuvo al frente del socialismo balear, se granjeó enemigos (entre otros, el alcalde de Palma Ramon Aguiló) y estuvo en la cocina de historias que todavía  tienen descosidos: el intento de lanzar un periódico de partido, la compra del diario Baleares, la disposición  de la Banca March a forzar la caída de Ramon Aguiló por oponerse a la construcción de un  hipermercado que auspiciaba, o la enorme deuda del partido que, por el episodio de  unas  letras  endosadas  (.................)  casi provocan el embargo de la sede central del PSOE en la calle Feraz de Madrid. Este último asunto  fue el que llevó a la intervención de las cuentas del partido en las Islas por parte de la ejecutiva federal y el que forzó su caída como secretario general en 1994.

Aquellos eran tiempos con menos  urgencias informativas, no existía el periodismo digital, ni los tuits ni nada semejante y March esperaba de madrugada  la salida de los diarios. Compraba todos y se los llevaba bajo el brazo de  camino, o de regreso, de la farmacia. Una farmacia, entonces con una rebotica y unas escaleras que llevaban a un despacho en el piso superior, en la que March hilvanó documentos que hoy suscribiría Podemos,  y que fue cuartel general de una estrategia que marcó el futuro del partido. Allí se hablaba de política, pero no solo. También de cómo abordar la relación con los medios de comunicación y de las relaciones de poder.
Le recuerdo, con pizza y cocacola, la noche que me contó que había que hacer algo con Aguiló que, en su opinión, se negaba 'a ser ayudado'.  En mayo de 1989, Ramón Aguiló, que  aquel mandato se había estrenado como alcalde en minoría,   decidió destituir a dos concejales, Esteban Siquier y Santiago Coll (que habían roto con UM para darle apoyo  y  formaban parte del equipo de gobierno) después de ambos apoyaran  una recalificación para dar salida al Pryca que se quería construir en Son Gotleu. Estaba yo  en El Dia, que entonces llevaba unida a su cabecera el número 16, y esa noche aprendí mucho de las relaciones entre la política, la empresa y los medios. Recuerdo con nitidez  el momento en que me preguntó  hasta qué punto creía que los periódicos de aquí, y concretamente en el que trabajaba,  se iban a hacer eco de una campaña de ‘denuncia’ del PSIB contra la Banca March. Rio ahora  sólo de pensar que el líder socialista (formalmente era vicesecretario general pero mandaba mucho) pudiera pensar que yo, con veintitantos años, tuviera  algo que decir sobre las decisiones que tomaba un periódico.
Pero la campaña que lanzó el PSIB no aludió a  la Banca March, sino a ‘Sa Banca’, así con mayúscula. Cómo me llama la atención esto de las marcas  y que,   todavía hoy y aquí, aún estemos polemizando sobre si hay que seguir llamando Sa Nostra a lo que dentro de nada será Bankia . O  que asumiéramos que el banco del los March tenía que ser ‘Sa Banca’.  Joan March Noguera, con Aguiló pendiente de un hilo, dio el visto bueno a una campaña de pasquines que iban a repartirse  por las calles de la ciudad: ‘El PSOE diu no a un hiper per imposició de Sa Banca’.
En aquella época, Pryca, que acariciaba la idea del hipermercado, estaba participado por la  Corporación Financiera Alba, el holding inversor de la Banca March.  El Diario de Mallorca era entonces propiedad de los March y la Baleares SA que detalló el hoy director de IB3, Andreu Manresa, en pleno apogeo.
Hay un libro que ayuda a reconstruir aquellos años y la crisis  del hipermercado,  el que publicó en 1996 la periodista Gina Garcías partiendo de  largas conversaciones  con el exalcalde de Palma. Se llama ‘Ramon Aguiló, memòria sentimental del canvi’ (Lleonard Muntaner Editor, Palma, 1966).  Recuerda Aguiló cómo, coincidiendo con el nacimiento de su segundo hijo, hubo un cambio en la dirección del Diario de Mallorca  y las tensiones emergieron cuando, en 1985, se puso sobre la mesa el proyecto para construir aquel centro comercial en Son Gotleu cuando El Corte Inglés también asomaba la cabeza. El PSOE gobernaba Palma entonces con mayoría absoluta. El proyecto se retiró el día que tenía que aprobarse. Su siguiente mandato, lo inició en minoría y , a partir de ahí, se inició una guerra de intereses. Consultar los periódicos de la época no es suficiente para hacerse una idea de lo que estaba pasando.  El relato no quedará completo hasta que se fusionen todas las versiones, también la de Aguiló y la de Joan March. Pero, igualmente,  las de otros protagonistas de aquellos tiempos, y que se supone que escribirán algún día  memorias que puedan arrojar luz sobre esas y otras historias.
 Hay nombres relevantes  e historias que, desde la distancia, parecen increíbles, como el intento de montar un periódico (de papel, claro) y que alcanzan a intrigas de novela sueca. Si todo esto fuera una novela, seguramente aparececería en ella   una farmacia de guardia y un farmacéutico que compraba diarios en la madrugada. Pero todo eso, tendrá que quedar para otro día.

sábado, 13 de mayo de 2017

La furgoneta de los periódicos

Llevo  tiempo fijándome en una furgoneta que aparca diariamente frente al bar donde mojo los periódicos en el café y que, en su  puerta trasera y también en las laterales, lleva un rótulo que pone 'Prensa'. El primer día experimente un sentimiento muy parecido al de la emoción. Presencié el momento en que se abría la puerta de atrás y vi cómo un hombre bajaba un carro de ruedas con varias cajas. Recordé aquellos tiempos en los que se descargaban montones de diarios en los quioscos y en las gasolineras y, también, cuando esos montones tomaban las esquinas de  algunas calles principales por las que pasabas alguna noche de fiesta en que el amanecer te salía al encuentro.  Pero no se trataba de eso: lo que estaban descargando de la furgoneta de reparto eran cajas con frutas y verduras para las tiendas de la zona.
 Al día siguiente, y a la vista de que se repetía la misma operación, apuré el café más rápido de lo habitual y crucé la calle aprovechando que las puertas de la furgoneta habían quedado abiertas mientras el repartidor entregaba su mercancía. En su interior, más cajas de frutas y verduras de temporada y, por el suelo, algunos periódicos. Justo del lado de la cabina, varios diarios abiertos de cualquier manera y, desde luego, con una fecha que no se correspondía a la del día. Cuál podía ser la utilidad final de aquellos papeles que llevaba la furgoneta con los rótulos de 'Prensa', no lo sé; igual era sacar lustre a las cebollas, las cerezas y los albaricoques antes de llegar a las estanterías. Las puertas aún me deparaban otra sorpresa. Una vez cerradas,  se componía un nombre que llenaba  la mayor parte de uno de los laterales y que leí,  Sgel;  es decir el nombre de la gran distribuidora de diarios, revistas y  libros de España. Todo un símbolo de los tiempos.

También las furgonetas y los camiones de bomberos cambian de actividad en Farenheit 451, la novela de Ray Bradbury que describe una sociedad en la que los bomberos ya no se dedican a sofocar incendios sino a prender fuego a los libros y a todo lo que sea papel escrito. Una pesadilla que igual está  ahora  bastante lejos de la realidad. Igual, por lo que sea, el futuro no será el de furgonetas de bomberos que quemen papel impreso,  sino el de furgonetas de periódicos que repartan alcachofas, manzanas y cerezas. Una cereza, un tuit, otra cereza, un retuit. Y así.

sábado, 4 de marzo de 2017

Cursach (y este blog)

El primero que me habló de Cursach fue un policía corrupto que,entonces, no lo era. Cuando conocí a aquel policía, él  estaba en  un sindicato que luchaba por defender, decía, los derechos de sus  compañeros. Era, yo, un recién llegado;  me citó en un despacho de la carretera de Valldemossa y me contó que había compañeros  que, cuando acababan su jornada de trabajo, se dedicaban a  la seguridad privada, a hacer de guardianes de discoteca y cosas así. Y me habló de Cursach. Y de cómo era el dueño de la noche y de los policías que la controlaban. Yo  sólo fui una vez al BCM, no como Ramon Aguiló Obrador que, según contaba el otro día en El Mundo, conoció a gente que se enamoraba allí.
Siempre, cuando empiezas, es la primera vez de algo. Recuerdo la primera vez que conocí a Andreu Manresa (él, igual no) ,  que ahora es el jefe de IB3,   y recuerdo la primera vez que hablé con Pedro Serra,  que es mi gran asignatura pendiente en este blog. Una vez le comenté  a Basilio Baltasar (que es el mejor director de periódico que he tenido) el problema ético que me plantea este blog que intento llevar, eso es que nunca lo daré por completo hasta que no cuente, de verdad, mi paso por el Baleares y Ultima Hora. Aún no estoy preparado, pero todo llegará. Lo primero que me encargó Pedro Serra fue que me fuera con Pedro Prieto al puerto. “Tengo este cajón lleno de artículos, lo que yo quiero son noticias¨, me dijo. Y supe que aquello era  entender lo que es el periodismo, aunque sé que si lo escribo me dirán que por algo lo escribo. Y no lo escribo por nada, salvo por escribir.
La memoria es selectiva. Y eso también es algo que afecta a Esteban Urreiztieta que, una vez cada tanto (hoy mismo, sábado, 4 de marzo)  se presenta como el gran descubridor de todo lo que pasa en Mallorca. Su memoria también es selectiva. Escribió un libro sobre UM  (se llamaba 'Mallorca és nostra. Crónica oculta del saqueo balear' )  y nunca contó de  cuando Pedro J. invitó a Munar, Pascual y Morales a su casa de Costa de los Pinos. El hoy director de El Español intentaba, por entonces, un pacto entre UM y Matas.  Él, Urreiztieta,  prefiere  incidir en otros asuntos, y detalles,  sin recordar, por ejemplo, el artículo de domingo (agosto de 2002) 'La boda que necesita Baleares', que le llevaría  a confirmar, o matizar, sus teorías. Pasa mucho en el periodismo.
De momento, sólo esto, es un desahogo porque cada vez estoy más harto de quienes consideran que gracias a ellos (o ellas) existe el periodismo.  Otro día contaré más.

sábado, 31 de diciembre de 2016

Entre dos años, y unos libros (Palabras para Victor)


Creo que no ha sido un mal año. Por ejemplo, supe  este 2016 que existía la séptima función del lenguaje, gracias al libro de Laurent  Binet, que se llama así, La séptima función del lenguaje. Y  siempre podré presumir de haber hablado, por fin, con Enrique Vila-Matas y de  contar, hasta el agotamiento, que Paula de Parma me dijo que a él le había gustado lo que escribí. Este año caí otra vez en sus redes  (y en la confusión de historias, situaciones  y personajes) con  Marienbad eléctrico  y Porque ella no lo pidió. Se  me revolvió la conciencia y me hice muchas preguntas sobre dónde está el límite de nuestra resistencia con La zona de interés de Martín Amis. En  pleno verano, La España vacía de Sergio del Molino, tuvo el efecto de un gran viaje hacia el interior y a los lugares de un país  que guardamos idealizado. Y aunque a él, al autor, no le gustaría  nada esa comparación, el efecto de ese libro   fue similar al  que me provocaron hace décadas los cuatro tomos de Gárgoris y Habidis  de Sánchez Dragó. Los buenos libros te llevan a otros. La España vacía me llevó a El Viaje de don Quijote, de Julio Llamazares, que  incluye una referencia Boquiñeni, el único lugar al que he viajado físicamente este año y en el que paso la mayor parte de mi imaginario.  Allí, en un bar de Boquiñeni,  hablé, en junio,  con  David Garcés, el  promotor de Zarracatalla, un proyecto de escritura coral. Por ejempo, Tay Todos. Un libro  breve,  La oposición, de Alfonso Mateo-Sagasta me inyectó mi droga favorita, la de la confusión en el espacio tiempo. Y una posibilidad seductora e  inquietante, que  la Historia es un género literario y que el presente no es consecuencia del pasado, sino que (más bien) del modo en que contamos el pasado es consecuencia del presente. Acabo el año, con las últimas páginas de Patria, de Fernando Aramburu, un puzle  que,  encajadas todas las piezas,  muestra lo que fue el universo vasco en tiempos de ETA. Creo que empezaré 2017 con The Time of mi Life, de  Hadley Freeman; un regalo especial  que viene con una esperanzadora proclama en su solapa: “Un ensayo sobre cómo el cine de los ochenta nos enseñó a ser más valientes, más feministas y más humanos”.
  Los años pueden ser muchas cosas, también los libros que lees, o por qué los lees. Y todas las respuestas a preguntas sobre cómo llegaron hasta ti, o a dónde te llevaron, o quién te los regaló, o quiénes han estado a tu lado cuando los leías.

Empieza un nuevo año y pienso en Victor. Ha cumplido cinco, es el nieto de mi hermana y eso me lleva a pensar que estoy en la edad de ser abuelo. Supongo que, por eso, llevo con  orgullo (o no sé cómo llamarlo) lo que me contaron el otro día, y que ahora desvelo ante la puerta de 2017: que había sido “el primero de su clase” en aprender a leer. Y que mientras el resto estaba con letras y sílabas, él ya  iba por las palabras y por las frases enteras.  Y delante de mí  le dieron un periódico y leyó enterito el titular grande de la portada. Y, en ese momento, me dije que ya tengo motivos para felicitar el año nuevo.

No sé cuando te llegará, pero ya te digo, entre dos años, que algún día sabrás, Victor, que me diste la idea sobre lo que tenía que contar cuando arrancara  2017, que  tiene que ser el año de los pequeños gestos, el año de las pequeñas victorias  y de las pequeñas cosas, el año de las minúsculas, que son las más grandes. Es verdad que lo empezaremos  con los peores temores sobre un grandullón, el próximo presidente de los Estados Unidos de América (que  tomará posesión coincidiendo con las imaginarias fiestas de Palma) y hasta viviremos con el alma en vilo sobre hasta dónde lo aguantarán allá. La buena noticia es que columnas de mujeres van a salir a la calle en Washington, Boston, New York y California (y, seguramente en toda Europa,  y también en España)   para  recordarle que están allí y que el mundo es, preferentemente, de ellas. Ellas, como siempre ha ocurrido, nos ayudarán a recordar que este 2017 tienen que ir cayendo barreras e ideas preconcebidas. Allá, pero también aquí.
Este 2017 será el año de las minúsculas, que son las más grandes.
Caerán, por ejemplo, las mayúsculas. Y, con ellas, las frases hechas y los plurales mayestáticos a la hora de contar la Historia. Este 2017 no nos quedará más remedio que organizarnos individualmente. Yo, tú, él, ella, nosotros y nosotras. Y vosotras y vosotros. Y ellas y ellos. Este es un año que nos tiene que dar, desde la tranquilidad relativa,  para reflexionar sobre qué nos ha pasado en el anterior. De cómo, por lo que se refiere a este país, dejamos escapar  la oportunidad de cambiar el mapa político. Habrá que preguntarse si hicimos todo lo necesario, y si nos equivocamos. O si de verdad queríamos que nada cambiase. Yo, tú, él ella, nosotros y nosotras vamos a empezar a cambiarlo todo desde abajo, como hormigas minúsculas. Creímos, por un momento, que los nuevos dioses venían con algo nuevo que decir o que hacer. Y no lo hicieron. Algunos querían volar alto y se quemaron. Otros se cortaron la cabeza y las manos en guerras que no explicaron. Y ahora es nuestro turno. Queda mucho por hacer. Mucho que escribir. Y mucho que leer. Espero que sea contigo, Victor. Feliz 2017.