sábado, 13 de mayo de 2017

La furgoneta de los periódicos

Llevo  tiempo fijándome en una furgoneta que aparca diariamente frente al bar donde mojo los periódicos en el café y que, en su  puerta trasera y también en las laterales, lleva un rótulo que pone 'Prensa'. El primer día experimente un sentimiento muy parecido al de la emoción. Presencié el momento en que se abría la puerta de atrás y vi cómo un hombre bajaba un carro de ruedas con varias cajas. Recordé aquellos tiempos en los que se descargaban montones de diarios en los quioscos y en las gasolineras y, también, cuando esos montones tomaban las esquinas de  algunas calles principales por las que pasabas alguna noche de fiesta en que el amanecer te salía al encuentro.  Pero no se trataba de eso: lo que estaban descargando de la furgoneta de reparto eran cajas con frutas y verduras para las tiendas de la zona.
 Al día siguiente, y a la vista de que se repetía la misma operación, apuré el café más rápido de lo habitual y crucé la calle aprovechando que las puertas de la furgoneta habían quedado abiertas mientras el repartidor entregaba su mercancía. En su interior, más cajas de frutas y verduras de temporada y, por el suelo, algunos periódicos. Justo del lado de la cabina, varios diarios abiertos de cualquier manera y, desde luego, con una fecha que no se correspondía a la del día. Cuál podía ser la utilidad final de aquellos papeles que llevaba la furgoneta con los rótulos de 'Prensa', no lo sé; igual era sacar lustre a las cebollas, las cerezas y los albaricoques antes de llegar a las estanterías. Las puertas aún me deparaban otra sorpresa. Una vez cerradas,  se componía un nombre que llenaba  la mayor parte de uno de los laterales y que leí,  Sgel;  es decir el nombre de la gran distribuidora de diarios, revistas y  libros de España. Todo un símbolo de los tiempos.

También las furgonetas y los camiones de bomberos cambian de actividad en Farenheit 451, la novela de Ray Bradbury que describe una sociedad en la que los bomberos ya no se dedican a sofocar incendios sino a prender fuego a los libros y a todo lo que sea papel escrito. Una pesadilla que igual está  ahora  bastante lejos de la realidad. Igual, por lo que sea, el futuro no será el de furgonetas de bomberos que quemen papel impreso,  sino el de furgonetas de periódicos que repartan alcachofas, manzanas y cerezas. Una cereza, un tuit, otra cereza, un retuit. Y así.

sábado, 4 de marzo de 2017

Cursach (y este blog)

El primero que me habló de Cursach fue un policía corrupto que,entonces, no lo era. Cuando conocí a aquel policía, él  estaba en  un sindicato que luchaba por defender, decía, los derechos de sus  compañeros. Era, yo, un recién llegado;  me citó en un despacho de la carretera de Valldemossa y me contó que había compañeros  que, cuando acababan su jornada de trabajo, se dedicaban a  la seguridad privada, a hacer de guardianes de discoteca y cosas así. Y me habló de Cursach. Y de cómo era el dueño de la noche y de los policías que la controlaban. Yo  sólo fui una vez al BCM, no como Ramon Aguiló Obrador que, según contaba el otro día en El Mundo, conoció a gente que se enamoraba allí.
Siempre, cuando empiezas, es la primera vez de algo. Recuerdo la primera vez que conocí a Andreu Manresa (él, igual no) ,  que ahora es el jefe de IB3,   y recuerdo la primera vez que hablé con Pedro Serra,  que es mi gran asignatura pendiente en este blog. Una vez le comenté  a Basilio Baltasar (que es el mejor director de periódico que he tenido) el problema ético que me plantea este blog que intento llevar, eso es que nunca lo daré por completo hasta que no cuente, de verdad, mi paso por el Baleares y Ultima Hora. Aún no estoy preparado, pero todo llegará. Lo primero que me encargó Pedro Serra fue que me fuera con Pedro Prieto al puerto. “Tengo este cajón lleno de artículos, lo que yo quiero son noticias¨, me dijo. Y supe que aquello era  entender lo que es el periodismo, aunque sé que si lo escribo me dirán que por algo lo escribo. Y no lo escribo por nada, salvo por escribir.
La memoria es selectiva. Y eso también es algo que afecta a Esteban Urreiztieta que, una vez cada tanto (hoy mismo, sábado, 4 de marzo)  se presenta como el gran descubridor de todo lo que pasa en Mallorca. Su memoria también es selectiva. Escribió un libro sobre UM  (se llamaba 'Mallorca és nostra. Crónica oculta del saqueo balear' )  y nunca contó de  cuando Pedro J. invitó a Munar, Pascual y Morales a su casa de Costa de los Pinos. El hoy director de El Español intentaba, por entonces, un pacto entre UM y Matas.  Él, Urreiztieta,  prefiere  incidir en otros asuntos, y detalles,  sin recordar, por ejemplo, el artículo de domingo (agosto de 2002) 'La boda que necesita Baleares', que le llevaría  a confirmar, o matizar, sus teorías. Pasa mucho en el periodismo.
De momento, sólo esto, es un desahogo porque cada vez estoy más harto de quienes consideran que gracias a ellos (o ellas) existe el periodismo.  Otro día contaré más.

sábado, 31 de diciembre de 2016

Entre dos años, y unos libros (Palabras para Victor)


Creo que no ha sido un mal año. Por ejemplo, supe  este 2016 que existía la séptima función del lenguaje, gracias al libro de Laurent  Binet, que se llama así, La séptima función del lenguaje. Y  siempre podré presumir de haber hablado, por fin, con Enrique Vila-Matas y de  contar, hasta el agotamiento, que Paula de Parma me dijo que a él le había gustado lo que escribí. Este año caí otra vez en sus redes  (y en la confusión de historias, situaciones  y personajes) con  Marienbad eléctrico  y Porque ella no lo pidió. Se  me revolvió la conciencia y me hice muchas preguntas sobre dónde está el límite de nuestra resistencia con La zona de interés de Martín Amis. En  pleno verano, La España vacía de Sergio del Molino, tuvo el efecto de un gran viaje hacia el interior y a los lugares de un país  que guardamos idealizado. Y aunque a él, al autor, no le gustaría  nada esa comparación, el efecto de ese libro   fue similar al  que me provocaron hace décadas los cuatro tomos de Gárgoris y Habidis  de Sánchez Dragó. Los buenos libros te llevan a otros. La España vacía me llevó a El Viaje de don Quijote, de Julio Llamazares, que  incluye una referencia Boquiñeni, el único lugar al que he viajado físicamente este año y en el que paso la mayor parte de mi imaginario.  Allí, en un bar de Boquiñeni,  hablé, en junio,  con  David Garcés, el  promotor de Zarracatalla, un proyecto de escritura coral. Por ejempo, Tay Todos. Un libro  breve,  La oposición, de Alfonso Mateo-Sagasta me inyectó mi droga favorita, la de la confusión en el espacio tiempo. Y una posibilidad seductora e  inquietante, que  la Historia es un género literario y que el presente no es consecuencia del pasado, sino que (más bien) del modo en que contamos el pasado es consecuencia del presente. Acabo el año, con las últimas páginas de Patria, de Fernando Aramburu, un puzle  que,  encajadas todas las piezas,  muestra lo que fue el universo vasco en tiempos de ETA. Creo que empezaré 2017 con The Time of mi Life, de  Hadley Freeman; un regalo especial  que viene con una esperanzadora proclama en su solapa: “Un ensayo sobre cómo el cine de los ochenta nos enseñó a ser más valientes, más feministas y más humanos”.
  Los años pueden ser muchas cosas, también los libros que lees, o por qué los lees. Y todas las respuestas a preguntas sobre cómo llegaron hasta ti, o a dónde te llevaron, o quién te los regaló, o quiénes han estado a tu lado cuando los leías.

Empieza un nuevo año y pienso en Victor. Ha cumplido cinco, es el nieto de mi hermana y eso me lleva a pensar que estoy en la edad de ser abuelo. Supongo que, por eso, llevo con  orgullo (o no sé cómo llamarlo) lo que me contaron el otro día, y que ahora desvelo ante la puerta de 2017: que había sido “el primero de su clase” en aprender a leer. Y que mientras el resto estaba con letras y sílabas, él ya  iba por las palabras y por las frases enteras.  Y delante de mí  le dieron un periódico y leyó enterito el titular grande de la portada. Y, en ese momento, me dije que ya tengo motivos para felicitar el año nuevo.

No sé cuando te llegará, pero ya te digo, entre dos años, que algún día sabrás, Victor, que me diste la idea sobre lo que tenía que contar cuando arrancara  2017, que  tiene que ser el año de los pequeños gestos, el año de las pequeñas victorias  y de las pequeñas cosas, el año de las minúsculas, que son las más grandes. Es verdad que lo empezaremos  con los peores temores sobre un grandullón, el próximo presidente de los Estados Unidos de América (que  tomará posesión coincidiendo con las imaginarias fiestas de Palma) y hasta viviremos con el alma en vilo sobre hasta dónde lo aguantarán allá. La buena noticia es que columnas de mujeres van a salir a la calle en Washington, Boston, New York y California (y, seguramente en toda Europa,  y también en España)   para  recordarle que están allí y que el mundo es, preferentemente, de ellas. Ellas, como siempre ha ocurrido, nos ayudarán a recordar que este 2017 tienen que ir cayendo barreras e ideas preconcebidas. Allá, pero también aquí.
Este 2017 será el año de las minúsculas, que son las más grandes.
Caerán, por ejemplo, las mayúsculas. Y, con ellas, las frases hechas y los plurales mayestáticos a la hora de contar la Historia. Este 2017 no nos quedará más remedio que organizarnos individualmente. Yo, tú, él, ella, nosotros y nosotras. Y vosotras y vosotros. Y ellas y ellos. Este es un año que nos tiene que dar, desde la tranquilidad relativa,  para reflexionar sobre qué nos ha pasado en el anterior. De cómo, por lo que se refiere a este país, dejamos escapar  la oportunidad de cambiar el mapa político. Habrá que preguntarse si hicimos todo lo necesario, y si nos equivocamos. O si de verdad queríamos que nada cambiase. Yo, tú, él ella, nosotros y nosotras vamos a empezar a cambiarlo todo desde abajo, como hormigas minúsculas. Creímos, por un momento, que los nuevos dioses venían con algo nuevo que decir o que hacer. Y no lo hicieron. Algunos querían volar alto y se quemaron. Otros se cortaron la cabeza y las manos en guerras que no explicaron. Y ahora es nuestro turno. Queda mucho por hacer. Mucho que escribir. Y mucho que leer. Espero que sea contigo, Victor. Feliz 2017.


sábado, 19 de noviembre de 2016

El día que llegué a El Día

Los ochenta, 1987 supongo. Llegué a El Día de Baleares con una protesta recién convocada. Hacía ya varios años que ese periódico estaba en la calle. Lo habían fundado, en 1981, entre otros,  Abel Matutes y el empresario hotelero Gabriel Barceló. Su primer director fue Antonio Alemany. Rompía, por el diseño y por la manera de enfocar las noticias, con la manera de hacer periodismo en las Islas. A mí me gustaban, sobre todo, las portadas, aunque no siempre (por no decir casi nunca) compartía sus interpretaciones. Pero había tejido allí grandes amistades.

Recién llegado,  o casi,  a Gremio Herreros del polígono de Son Castelló, que es donde estaba el periódico, me llamaron a un despacho que, entonces,  me pareció  un cuchitril y donde  alguien que me recordó, por la barba, al capitán Ahab de Moby Dick o al presidente  Abraham Lincoln me puso al tanto de la situación. Al parecer se estaba llamando al todo el personal del periódico para  saber qué posición iba a adoptar ante la protesta. Con el tiempo, comprobaría que el activismo y las ganas de protesta eran una seña de identidad de aquella plantilla en la que me integré. Incluso, en un acto conmemorativo, Gabriel Barceló dijo que, el suyo, había sido el primer periódico de Baleares en el que se había hecho huelga durante varios días. Cuando yo llegué, detrás del capitán Ahab había otro señor, delgado y con bigote, que  también me invitó a reflexionar sobre mi reciente incorporación a la empresa y sobre si, recién llegado, tenía razones para quejarme. Nunca he dejado de quejarme.

Había llegado a El Día casi recién salido del Baleares donde, cuando me daban el finiquito, alguien me dijo: ¨Tú, acabarás en El Día”. Y es que, casi nadie ignoraba en el Baleares que mi amiga del alma era Mariló Suárez,  que también era corresponsal de Diario 16,  que ya se había ido a El Día, y que antes de irse, a ella y a mí nos venían a buscar amigos del periódico de la calle Gremio Herreros. En aquella época, algo impensable hoy, el Baleares tenía un bar y allá nos esperaban Tomás Bordoy o Pepe Massot, que hoy luce en las  páginas de Cultura de La Vanguardia.

Efectivamente, llegué al El Día. Aunque lo primero que hice no me gustó nada. De hecho, era bastante frustrante. Aún existían los teletipos, esas máquinas que escupían rollos de papel con la noticias de agencia, y yo me tenía que encargar de seleccionar las que tenían que ver sobre España y teclearlas. Ya no había máquinas de escribir, sino ordenadores con pantalla verde, pero mi cometido era muy deprimente: copiar lo que las agencias habían escrito.
Así empecé en aquel periódico. Al poco descubrí que sólo podía ‘realizarme’, o aportar cierta ‘creatividad’, en los titulares y en los pies de foto. Titular y escribir pies de foto era lo único que me llenaba en aquella época. Sobre todo cuando llegó Yolanda Garisoaín, ‘Yoligari’ como la bauticé, una periodista de Pamplona a la que nunca he podido olvidar y que creo que ahora está por la República Dominicana. ‘Yoli’ y yo nos recreábamos en los pies de foto, que estaban menos vigilados que los titulares. Colamos un ‘el gobernador, por los suelos’ en una foto en que se veía a un gobernador del País Vasco agachado después de algo serio.
Por suerte, aquel suplicio se acabó y pudimos ocuparnos de la información local. Recuerdo un gran reportaje de Yolanda sobre Son Banya, que tituló ‘Al este del desdén’,  y que yo me metí en la información municipal en los días en que Ramón Aguiló no las tenía todas consigo.

Supongo que me viene a la memoria todo esto ante las noticias que llegan en este noviembre de 2016 sobre cambios en el accionariado del diario, que ahora se llama El Mundo de Baleares, y  que eso ha agitado mis recuerdos. No sé cómo acabará todo ni si la venta de las acciones de Barceló al grupo italiano que manda en El Mundo sólo es una estratagema. Me  gustaría que El Día siguiera en los quioscos porque es una parte de mí.

Creo que ese periódico es un caso único. Ha cambiado varias veces de nombre y ha sobrevivido. Me subí en el barco cuando era El Día;  viví su conversión a El Día 16; brevemente se llamó otra vez El Día; fue luego El Día del Mundo y acabó como El Mundo de Baleares. Si pudiera elegir, me quedaría con El Día del Mundo y la etapa de libertad que, con claroscuros, le dio Basilio Baltasar en la dirección. Pero también me esforzaría por entender a Tomás y algunas apuestas que hizo. Por lo que nunca pasaré es por aquella etapa,  para mí más triste y lamentable del periódico, la de Eduardo Inda. Inda representa, en mi opinión, lo peor del periodismo. Y eso explica la fuga de octubre de 2002, que algún día habrá que contar.
En fin, suerte. Os quiero ver en los quioscos. Cada día.


lunes, 22 de agosto de 2016

El secreto del palacio de congresos (2)

El secreto del palacio de congresos. Divertimento veraniego (2)


(Viene de
 http:// jutobla.blogspot.com.es/2016/08/el-secreto-del-palacio-de-congresos.html )


Hacía muy poco que Luis Antonio Bolín,  uno de sus superiores en el Ministerio de la Gobernación –que entonces se ocupaba del Turismo-  , había acuñado un lema para promocionar España en el exterior que, con el tiempo y ligeros retoques, iba a hacerse muy popular: Spain is beautifful and different. El famoso “España es diferente”,  que durante décadas se utilizó también como gesto de afirmación patriótica ante todo lo que venía de fuera. Como todos los buenos eslóganes, tanto valía para una cosa como para  la contraria. Por eso,  aunque los sectores más radicales de la Falange llegaron a proponer la abolición del turismo una vez instaurado el nuevo régimen, España eligió el camino contrario y puso  las bases para una lenta invasión que cambiaría de raíz los usos y costumbres del país.  Que los dirigentes de la España que salía de la Guerra Civil decidieran unir el turismo al  Ministerio de la Gobernación, y quien dice Gobernación dice Policía  da idea del valor estratégico que aquel régimen, por los motivos que fuera,  daba al turismo.

Sí, he escrito ‘lenta invasión’. La expresión es de Prade y todo lo que vino después tiene que ver  con lo que aquel hombre, que escribía su nombre en español pese a su apellido germano, empezó a explicar  aquella mañana en Barcelona. No sé si finalmente podré convocar una rueda de prensa y contarlo todo, el presidente no me autoriza, pero te lo voy a adelantar a ti. Podrás leer el relato que me entregaron  al asumir el cargo  y otras informaciones que he ido recabando desde entonces  y que tú puedes administrar como quieras.  No sé si podrás publicarlo ni si aún estamos a tiempo. Todo dependerá mucho de cuando se inaugure el palacio de congresos.

Prade esperaba despachar a aquel hombre en poco tiempo. El necesario para decirle que no podía organizar viajes en autobús por Barcelona, y entre Barcelona y otras ciudades, sin un visado especial del sindicato y la autorización de Gobernación. El era un extranjero, que  hablaba  bastante bien el español y se presentó  como Marcos  Shcneider. Había chocado con Margarita Rovira, muy bien relacionada con el Gobierno y Falange. ‘Nada se mueve en Barcelona sin los Rovira’ le comentó mientras cogía un bolígrafo de la mesa para firmar una orden de expulsión.
“También puedo organizar  viajes rápidos en avión a Mallorca, desde Alemania y desde otras ciudades europeas”, le oyó decir. Prade se echó hacia atrás arrastrando la silla,  dejo la estilográfica sobre la mesa, sacó una cajetilla de tabaco, cogió un cigarrillo y ofreció uno a su interlocutor. “¿Qué me está  diciendo?” 

Semanas después  viajaban a Mallorca, pero no en avión, sino en barco y acompañados, aunque eso nunca trascendió (creo que eres la primera periodista en saberlo)  de  Rafael Arias Salgado, que se acaba de estrenar en un Ministerio de nueva creación, el de Información y Turismo. Fue una travesía animada y con mucha música. En Palma iba a celebrarse  el primer festival internacional de danzas folclóricas. También viajaban  grupos españoles, belgas, franceses, italianos  y alemanes que actuarían en la plaza de toros. Al recién nombrado  ministro le extrañó que una Isla tuviera plaza de toros.  Schneider, que ya había estado antes en Mallorca,  les comentó  que era  una Isla sorprendente,  que se alojarían en un hotel recién inaugurado en Palma y que luego irían a Cala D´ or y Cala Rajada.

Antes de la guerra (del Movimiento o de la cruzada, según el lenguaje de entonces)   Cala Rajada, a unos ochenta kilómetros Palma, había sido una especie de colonia de extranjeros en Mallorca. Muchos alemanes se habían instalado allí. Algunos huyendo del nacionalsocialismo. Pero otros, persiguiéndoles y mezclándose con ellos a la espera, les contó, de que cayera la república española, como así fue, y poder establecer una sólida alianza con los militares españoles sublevados para colaborar en el nuevo orden que se iba a establecer. Parece que  incluso se preparó un viaje relámpago de Goebbels pero no llegó a concretarse.  ¿Habéis oído hablar de la Kraft durch Freude?   les peguntó Scheider.

jueves, 18 de agosto de 2016

El secreto del palacio de congresos


El secreto del palacio de congresos (I) Divertimento turístico para el verano

Lee esto con atención y  adminístralo como te parezca. Soy Biel Català,  conseller  de Turismo del Gobierno de las Islas Baleares y, como todos mis antecesores,   recibí una carpeta muy especial durante las negociaciones del traspaso de poderes. Me la entregó personalmente Carlos Bizarro. Me había llamado por teléfono días atrás, antes incluso de que trascendiera que el  presidente  me iba a proponer para el cargo. “Tenemos que hablar, es importante que nos veamos antes de que me sustituyas”, me dijo. Le respondí con la primera pregunta que me vino a la cabeza: “¿Me vas a contar los motivos por los que tampoco acabasteis el Palacio de Congresos y qué habéis estado haciendo ahí todos estos años?” “Algo así”, me respondió.

Me vi con Bizarro a la mañana siguiente, cuando algunos periódicos ya daban mi nombre como posible consejero y el digital Mallorca.com, vinculado a la federación hotelera destacaba mi “buena relación con el sector hotelero y el turismo en general”. Bizarro habló sin rodeos: “Tu sabes que, desde 1983, el primer cargo del Gobierno que se decide, antes incluso que el de presidente, es el del consejero de Turismo. Todo eso tiene una explicación, que lo deciden desde muy arriba y que, quién nos elige, lo hace para que sigamos un plan.  El turismo es nuestra primera industria  y estamos aquí para administrar una información de mucho valor  y transmitirla a quienes nos sucedan mientras llegue lo que, más pronto o más tarde, tiene que ocurrir”. Y me preguntó: ‘¿Qué sabes de Valeriano Prade?

Yo nunca tuve ocasión de hablar con el capitán Valeriano Prade pero sé  lo que todo el mundo, que es un personaje de leyenda vinculado a los orígenes del turismo de masas en Baleares, que su nombre está unido todos los proyectos, que un barco de la Trasmediterránea llevó su nombre, que una sala del aeropuerto está dedicada a su obra, que el primer gobierno autónomo lanzó unas becas con su nombre y que el palacio de congresos, si es que alguna vez se inaugura,  incluirá, junto a la sala  de la cámara acorazada del sótano, una exposición permanente con un proyecto que dejó inédito.  Prade  fue el único cargo del franquismo que se mantuvo ininterrumpidamente entre 1951  cuando le nombraron delegado provincial de Turismo y  1983,  cuando  la comunidad autónoma nombró a su primer consejero. Prade tiene todas las condecoraciones  posibles y a su funeral asistieron el rey Juan Carlos  y el presidente de Gobierno Felipe González.  Lo que desconocía totalmente es que hubiera escrito unas memorias y que yo iba a ser una de las pocas personas en leerlas.

Aquí es donde empieza de verdad  esta historia, con las memorias de Valeriano Prade que me entregó Carlos Bizarro tras  una reunión extraordinaria del comité de notables del Ibatur. El  Instituto Balear de Turismo, o Ibatur  es el departamento autónomo más importante de las Islas. La suma de la edad de sus notables  supera los  260 años   y los puestos pasan de padres a hijos. Es como un Senado turístico con más poder que el propio Parlament. Todos los consejeros de turismo terminan en el  Ibatur con carácter vitalicio y ni siquiera la gran crisis de los mercados ni la irrupción de nuevos partidos después de un ciclo de elecciones permanentes en España  consiguió cambiarlo.
Las memorias de Prade se inician en el último año de la década de los cuarenta  del siglo XX, concretamente en Barcelona, cuando era delegado  del Ministerio de Gobernación en aquella ciudad. 

 Empiezan  una mañana en la que llegó más tarde de lo habitual a su despacho. Hacía rato que le esperaba alguien al que había mandado llamar para aclarar qué había de cierto en una denuncia que tenía sobre la mesa desde días atrás. Con la parsimonia habitual de aquellos tiempos, no se quiso dar por enterado en un primer momento y le hizo esperar un rato más. "Que sepa quién manda aquí", se dijo antes de hacerlo entrar. Le saludo en español pero con un acento que no distinguió claramente y que bien podría ser alemán. Era muy alto. Prade echó mano de una carpeta con el nombre del recién llegado y que contenía una serie de impresos sobre sus actividades. Al aparecer había abierto una corresponsalía o agencia de viajes sin los visados preceptivos y a espaldas del sindicato vertical de transportes.


sábado, 30 de julio de 2016

Periodismo, mujeres y el debate que falta (y mi periódico)

Casi todo está dicho  y  escrito, sobre la presencia de las mujeres en los medios de comunicación y sobre el tratamiento que hacen los medios de las cuestiones que afectan a las mujeres. Lo único que queda es asumirlo y buscar soluciones. Llevo mucho tiempo dándole vueltas a este asunto e, incluso, ha habido episodios que han tenido que ver con el medio en el que trabajo. Quizá es el momento de incluirlo en esta ‘Caja de cosas’.
El  modo de hacer, o de vivir, el periodismo que conocimos se está cayendo ante nuestras narices. Ya no hay dueños de la información (Enrique Bustamante, Los amos de la información en España, Madrid, filcal Ed., 1982)  sino dueños de las empresas de la información. Un público que hasta ahora (quizá) habíamos minusvalorado, y hasta ignorado, nos juzga y observa cada día en las redes sociales. Ya no hace falta disfrazar de información una rectificación, porque la gente nos juzga cada día. Si te equivocas  en un enfoque, o en el modo de titular, lo mejor es admitirlo al momento. O tomas tú la iniciativa, o el mundo de las redes sociales lo hará por ti.
El 26 de mayo de se publicó un artículo absolutamente machista en el periódico donde trabajo (es Ultima Hora; lo digo aunque todo el mundo lo sepa). Me dolió especialmente porque  ese artículo ('La mujer, ¿víctima o verdugo?') repetía los argumentos que poco antes había utilizado en el Diario de Mallorca otro escribidor. Días después, también en UH, se publicó una carta al director presentando como crimen pasional el intento de asesinar a una mujer. Y hace nada, un articulista enloqueció cuando, cuestionando el fenómeno de Pokémon Go  dejó colar lo que opina de las mujeres. No es nuevo. Hay un libro que (incomprensiblemente, en mi opinión)  se vende  en las librerías feministas, supongo que por el modo en que se ha traducido en español (‘Escucha hombrecillo. Discurso de la mediocridad’) de  Wilhem Reich, que sólo es una empanada mental parecida a la del autor del artículo sobre el fenómeno de Pokémon Go. Lástima que en los años sesenta no existieran Twitter o Facebook  para ponerlo en evidencia.
¿Quiere eso decir que Ultima Hora es un diario machista? Sin duda, no. No más, en cualquier caso, que el  resto de la sociedad. Digamos que España tiene dos problemas enormes, dos grandes carencias de  las que, en vez de presumir, habría que intentar ponerles  remedio: la incapacidad de aprender idiomas y el trato que se da a las mujeres. El repelente comentario privado de Pablo Iglesias, el de Podemos, sobre Mariló Montero le anularía en cualquier país digno como presidente de Gobierno. No se puede aguantar ni en privado ni como broma de ‘machotes’.
Pero me estoy desviando. Quizá habría que recordar cómo la Ultima Hora de los años setenta fue el primer diario que dio voz a las feministas. Quizá habría que recordar cómo, en las primeras elecciones, fue el primer periódico  que dejó oír la voz de las mujeres. Recordar todo eso y documentarlo, quedará para quienes escriban la historia del periodismo y la política en Mallorca. Lo único que pretendo, en este escrito, es dejar constancia de la necesidad que existe de convocar a un gran debate abierto sobre periodismo y género. Veo que en Catalunya eso ya está en marcha y es una buena noticia. Creo que todos los periódicos de Baleares tendrían que  sumarse a ese debate. Quizá el mes de  agosto es un buen momento.
Hay dos máximas del periodismo con las que nunca he estado de acuerdo. Una, que ‘los periodistas nunca son noticia’. Y no únicamente por la utilización del masculino como genérico. La otra, que ‘perro no come perro’, que me parece ofensiva. Los periodistas, y las periodistas, siempre son noticia. Y que, en más de cien años, sólo dos mujeres hayan dirigido periódicos en Balears, algo  debe significar. Que ninguna mujer haya dirigido el primer periódico de España, El País, también es relevante.
Hay mucho que escribir. Y sobre todo, mucho que cambiar. Lo intentaré argumentar otro día.


sábado, 2 de julio de 2016

A propósito de Juan Pla (y de su guerra con los Alcántara)

.Periodista díscolo, incómodo y protestón, la última aventura en la que se embarcó Juan Pla (1934-2016), con el hiperbólico empeño que le acompañó siempre, fue la de dejar constancia, de viva voz y por escrito, que fue él y no Toni, el hijo periodista de los Alcántara de Cuéntame, el que contó para Pueblo la revolución de los claveles de Portugal y el que se manchó los pies con la arena del desierto para  sus crónicas sobre la Marcha Verde. Que contó él todo aquello,  y que la genuina redacción del diario que dirigía Emilio Romero no era la "de las cuatro mesas y cuatro sillas" que reflejó la televisión para la serie que en estos momentos  está como está.

 Caballero con espada (de palabras) no  le gustó nada, genio y figura, que la novia fotógrafa del Toni televisivo pudiera  trastocar la realidad de la mujer en la que se inspiró el guión, su amiga la fotógrafa Juana Biarnés, a  la que se comprometió a apoyar hasta el final en su litigio por deshacer cualquier entuerto entre la realidad y la ficción. Lamentó Juan (o Joan) Pla  el confusionismo que se podía crear en generaciones futuras y, en un doble salto mortal, hasta reflexionó de ello por escrito. “Que nadie se extrañe si los nietos de mis nietos ven y oyen por la televisión del siglo venidero que la famosa serie Cuéntame cómo paso fue escrita por un escritor y periodista de Felanitx que estuvo treinta años seguidos dibujando y publicando "angelotes" en los periódicos”, dejó dicho hace  años. Antes de que un ictus (qué extraña maldición persigue al periodismo, aún hoy, la de  no llamar  a un mal físico,  dolencia o enfermedad por su nombre) obligara  a que, de un día para otro, sus   Puput i Angelots desaparecieran de El Mundo /El Dia de Balears, el último periódico donde firmó.

Juan Pla García, que se proclamaba  de Felanitx, ya había pasado antes por ese periódico cuando se llamaba El Dia. Fue tras un paréntesis en el Baleares, recién concluida su segunda etapa madrileña, la de la Transición más dura, la del ruido de sables,  la Operación Galaxia y otras conspiraciones  antesala del Tejerazo que quizá llegó a avistar o intuir desde el diario  El Imparcial. Sabido es que la historia le asignó un papel de relevancia  el 23-.F. Casi todo el mundo sabe que medió con Tejero para intentar que el guardia civil esperpéntico y golpista  aceptara irse de España en un avión. Le llamó Paco Laina, que dirigió aquella noche el gobierno de subsecretarios que se hizo cargo del país. Lo que sabe menos gente es quién facilitó el número del teléfono de Pla . Fue un joven fontanero monclovita del equipo de Josep Melià, el mallorquín Tomeu Beltrán.  En 1982, Pla escribió un libro hoy descatalogado en que da nombres de civiles, sobre todo periodistas y algún que otro  mallorquín, que estarían en el ajo del golpe. "Tengo un solo patrimonio, una sola fuerza en este mundo; la palabra. No hay más arma para un periodista que se precie que la palabra. Es mi único poder", anotaría después.

Acierta Gaspar Sabater, Gaspi, cuando recuerda en su obituario (El Mundo 1 de julio) que, de la generación de la posguerra, Pla fue el periodista que más tiempo estuvo activo y que con él desaparece (murió el miércoles) toda una época.  Prácticamente han muerto todos, incluido  Lorenzo Ripoll, que le envió a Pla un sobre con un texto mio y una suerte de carta de  recomendación como la que le escribió su padre  a D' artagnan para que se la entregara al  capitán De Treville y le ayudara a  entrar en el cuerpo de  los Mosqueteros del rey de  Francia.  Pla dirigía entonces El Imparcial que hasta hacía unas semanas (y quizá, aún entonces) había sido  como El Alcazar, uno de los diarios de referencia de la ultraderecha. Si hasta se contaba que llevaban mensajes ocultos en sus páginas.

Juan Pla llegó El Imparcial con la idea, o eso contó, de darle la vuelta y  aguantó unos meses como director. La recomendación surtió efecto y me publicó  algunos artículos que pretendían ser loas a las libertades y que he  preferido olvidar.  Me lo recordó cuando me tropecé  con él en el periódico más alocado en el que he trabajado nunca: el  Baleares, concretamente  durante su tránsito del Estado a la  empresa privada. Y aunque Pla, con toda la razón, me veía como un niño que qué se habrá  creído, noté en él algo que me daba confianza .Aquel Baleares  reunía en su redacción a todas las Españas posibles, desde gentes del Movimiento que había ganado una guerra civil hasta aparentes  dirigentes del comité central del PCE y activistas de la Joven Guardia Roja. 

Toda la contraportada del Baleares, con el encabezamiento  Tot Pla, era  para él. Y aprovechó las  últimas líneas de su última crónica en la última página del último Baleares que editó el 17 de mayo de 1984  la empresa de Medios de Comunicación del Estado para teclear lo siguiente: "Lo más gracioso --todavía me río las tripas-- es aquello que nos dijo uno de  los compradores, que había comprado el Baleares con el dinero que otro le había dado para que no lo comprase. La jugada es genial, si es cierta".

Así y todo  (y algún día contará alguien la  verdad de lo que pasó) el periodista díscolo, protestón e incómodo, escribiría  y dibujaría en El Dia. Allí quedan sus Puputs, dibujos políticos de trazo fino que explican la preautonomía de Baleares mientras  Gabriel Cañellas asomaba la cabeza.  También coincidí con él en el  Baleares  editado por  Grupo Serra, que fue donde  dio  con 'las Orlas', que luego se convirtieron el libro. Miles de caras adolescentes, de  las fotos que se  hicieron en el colegio cuando terminaron el bachiller,  rostros anónimos junto a  lo más granado de la vida de Mallorca,  se juntaron en 'las Orlas'. Mallorca es una Isla donde aparentemente nadie se fija en nadie, pero no es verdad. Todo el mundo está al tanto de lo que hace todo el mundo aunque  se aparente disimular. Todo el personal se conoce, o presume  de conocerse. Te conozco mejor que tú, es el santo y seña. Por eso, la asistencia a los funerales, y el empeño en dejarse ver, incluso en esos momentos,  es la verdadera  identidad , o hecho diferencial, de esta tierra. Y sólo eso explica que cuando pretendes recordar a alguien, termines hablando de tí mismo, que es lo que estoy yo haciendo.  Por eso La Orla, memoria de un tiempo feliz  será un título fundamental de Joan Pla. Hace,  a la vez,  de espejo y de ventana indiscreta. Y eso nos gusta mucho por estos lares.

El periodismo de estos días tiene poco que ver (o mucho, quién sabe, ahí están  las redes sociales y Facebook)  con el de  la generación de Juan Pla. Pero sí se  merece un lugar en la historia que habrá que guardar para que  no caiga en el olvido. Por eso le  incluyo en esta Caja de cosas. Y no puedo resistirme a compartir algo que me dijo Pla  desde un Puput, cuando me atreví a escribir una vez  que yo, que iba de'  progre``  escribí artículos para  El Imparcial: "Ser progre en un diario carca es igual que ser carca en un diario progre". Amén. O 'Idó', que fue lo que sentenció  por boca de  uno de sus angelotes. No le arriendo la ganancia  al Toni, el hijo periodista de los Alcántara. Ni a Cuéntame. Juan Pla les ganará esa guerra. Y así lo contará. Lo contará él y,  naturalmente, a su manera.