domingo, 20 de agosto de 2017

La mochila de agosto



Metí en la mochila de las vacaciones el libro de Juan Cruz Un golpe de vida (Anagrama,  2017). No rehuyo el yo ,que tanta controversia despierta en el mundo del periodismo, y  me sumerjo con interés  en los libros de periodistas que  escriben en primera persona.Creo que Un golpe de vida  me ayudará  a revisar esta ‘cajadecosas’, pulir otros escritos que tengo por ahí  y  hacerles un hueco fuera del ‘blog’ .En eso estaba, después de haber pasado otro verano más por Boquiñeni, donde las campanadas del reloj de la plaza dan las horas dos veces y eso te da margen para una segunda oportunidad, cuando llegó el atentado de Barcelona
Inmediatamente todo cambia, incluso la referencia a las Ramblas  que guardaba  para recordar una  leyenda urbana, cierta o no, de un director que llegó a La Vanguardia en tiempos de Franco, se sorprendió de la gente que paseaba por ellas y lo primero que hizo fue encargar un reportaje sobre el asunto. Pero desde el 17 de agosto ya no se puede  nombrar a  la Rambla de Barcelona  sin más (ni siquiera para reforzar la idea de que nada ha pasado  hasta que se cuenta),   igual que  la  poesía es difícil  después de Auschwitz como enseñan Adorno y Primo Levi.

Reviso textos, añado y matizo  pero la actualidad manda y lo primero será dejar constancia del debate sobre el tratamiento que los medios han dado a los atentados y, especialmente,  a la pregunta sobre si la práctica totalidad de diarios impresos se equivocaron  con la fotografía de  David Armengou, de la agencia Efe,  que llevaron a sus portadas al día siguiente. Fue la misma que también eligió Ultima Hora, el periódico donde trabajo ,y que La Vanguardia recortó parcialmente por el ángulo izquierdo  para evitar una mirada de espanto y  un niño en pantalón corto  tendido en el suelo.  No viví aquella tarde lo que sucedió en la Redacción pero no me cuesta imaginarlo. Aunque el grueso de argumentos a favor y en contra se han dado en las redes (en general, periodistas ‘en activo’ la han defendido mientras que quienes no están en estos momentos en un medio de comunicación han mostrado bastante indignación)  el diario Hoy de Extremadura,  incluyó un artículo de Ángel Ortiz, sensato en  parte aunque con un hiperbólico final con el que pretendía zanjar  el asunto,  justificando la elección de la imagen.  Mi amiga periodista Nekane Domblás  comentaba que había notado mucho  "ursulinismo periodístico"  en la red.

Opino que la fotografía en cuestión merecía ser publicada  (lo que es morboso y repugnante es la exhibición constante, el detalle, el enfoque exagerado) y creo  que si todavía hay gente que almacena diarios de papel, sobre todo los ejemplares que aluden a momentos decisivos y que luego pueden ser consultados en una tarde de no hacer nada, se entendería poco o nada que no aparecieran imágenes de la barbarie. Diferente y reprobable, como también han hecho algunos medios, es haber incluido fotografías lanzadas desde  móviles  y que luego se exhibieron como trofeos macabros por la red.Nada aporta,  igual que no aporta nada  la constante repetición de imágenes en los informativos especiales de las teles. Se le escapó a una periodista a la que una cadena había ‘dado paso’ para un directo  desde algún escenario de la noticia  aquel jueves por la tarde  y todo el mundo pudo oír su comentario: “Es que aquí no está pasando nada”.

Me ha costado tomar partido, he tardado dos días en poner esto por escrito (cuando empecé a escribir,  la Rambla de Barcelona sólo era  la Rambla, o las Ramblas,  y  Cambrils poco  más que el lugar donde veranea gente que conozco de Zaragoza)  pero difícilmente podía no hacerlo si escribo de periodismo.  También añado que estoy convencido de que la controversia que debió darse en las redacciones sobre si publicar o no aquella fotografía en portada nació viciada  por una pregunta que seguro  planeó  en el ambiente y  que igual se verbalizó o no: ¿y si los otros la publican y nosotros no? Supongo que fue lo que inclinó la balanza. Sirva como reflexión inicial a la espera de que se manifiesten todas las contradicciones que llevo dentro, incluida que no vimos fotos de ninguna vícitima del 11-S  ya  que, seguramente, impactó  más la caída de las torres tras el choque de los aviones.  Y aprovecho ahora  para recoger un comentario de Juan Cruz en su libro  cuando aludiendo  a otro  asunto (el efecto que tendrán las declaraciones de un político que viajaba  en un tren)  se sorprende a sí mismo, escribiendo ‘reflexión urgente’ y cae en la cuenta de que es una paradoja. Por eso me he tomado mi tiempo sabiendo que, a partir del lunes todo volverá a ir deprisa, deprisa.

Las redes sociales lo han cambiado casi todo en este gremio. Es algo que se ha escrito o dicho hasta la saciedad y ya ha alcanzado la categoría de obviedad. Esta vez, sin embargo, me ha parecido notar una incomodidad mayor desde el periodismo ejerciente  hacia los comentarios críticos de las redes. Supongo que es el inicio del hartazgo pero , entre respuestas razonables, también se ha colado un punto de corporativismo.  Algo  positivo que tienen las  redes es que permiten controlar al que controla  y que es inútil tratar de ocultar nada, ni siquiera los debates internos de un medio de comunicación, porque todas las ventanas están abiertas. Eso facilita que se cuele mucho aire viciado pero también alguna brisa reparadora.

Ya no hay un solo Dios verdadero ni siquiera para decidir lo que es noticia y lo que  no. El periodista, o la periodista, se había puesto muchas veces en el lugar de Dios. Tal vez con el empeño de Edmond Dantès, el Conde de Montecristo, cuando proclama que, sencillamente,  le ha suplantado. Me divertí hace unos años con una reflexión de Arcadi Espada. En sus Diarios (Espasa Calpe, Madrid, 2002) incluía el siguiente texto:“¿Acaso ha dado alguna vez Dios su opinión?’, escribe Flaubert a George Sand la noche del 5 al 6 de diciembre de 1886. El ideal flaubertiano de que el autor desaparezca en el texto coincide con uno de los cánones periodísticos, de raíz anglosajona, que más frecuentemente se enseña en las escuelas. Flaubert veía su actividad como la de un dios que va disponiendo sus materiales y que con suprema indiferencia espera que estos hablen por él. No es en absoluto distinta de la visión que algunos periodistas tienen de su trabajo. ¿Qué es acaso, la voz mayestática del periódico, directa o indirectamente utilizada, ese Nosotros o Este diario ha podido saber (y qué decir del modestísimo verbo trascender con que los periodistas explican que se han enterado de algo), sino la aspiración de Dios? ¿Qué hay en el origen de la repugnancia que a tantos periodistas les provoca el yo sino una voluntad de divinización del mensaje?”

Lo curioso es que  el  empeño por la desaparición del periodista (y eso me permite volver a la senda con la que inicie el paréntesis de las vacaciones que tengo que cerrar)  sólo es comparable al empeño de éste en demostrar que ha sido el primero en enterase. Son las dos caras de una misma historia , que he podido ir constatando en este tiempo: de un lado, el intento de situarse al margen y aparentar que las cosas son las que son y que por eso se cuentan. De  otro, el malestar cuando alguien se atribuye haberlo contado antes.
  
Mientras leo el libro que llevo en la mochilla, anoto mi  teoría, no sé si equivocada o no,   sobre la relación de periodistas con textos de periodistas: que buena parte  del gremio tiende a marcar distancia, al menos públicamente porque si  admites que lees un texto, y sobre todo  si lo elogias por el modo en que está escrito más allá de si estás de acuerdo con la tesis de fondo,  corres el riesgo de  que pueda parecer que ‘ copias’ y no aportas nada nuevo.  Quizá sea una patología pero en  este mundillo se tiende a creer que somos  los primeros en todo, incluso en contar nuestra  vida, lo que ya es el colmo del papanatismo o del ego inflamado que se mueve por ahí desde mucho antes de Twitter y Facebook.

 Supongo que el día que  asuma que se puede escribir algo nuevo después de Proust, también conseguiré compartir todo lo que llevo dentro. Me ha interesado la sinceridad de Juan Cruz aunque me asuste el énfasis que pone en realzar su entrega casi religiosa al oficio y su defensa a ultranza, sin apenas un grieta que deje pasar dudas razonables,  sobre  el diario El País que, opino,  ya no es la bandera que en los años que siguieron a 1976 íbamos a buscar cada mañana a los quioscos y que un aciago domingo de diciembre de 2010  llevo a la portada del semanal a Belén Esteban y la presentó como ‘princesa del pueblo’. “¿Qué si no siento la necesidad de escribir un libro? Pues no, si hasta Belén Esteban escribe libros”, me contestó el otro día Sobral,  Gabriel Ferret, mi ácrata de cabecera, cuando le pregunté por eso.  Sobral  siempre da el  consejo oportuno (mal que le pese admitirlo),   está de vuelta de todo y que lo ha hecho todo, incluso textos que luego firmó Camilo José Cela.

Seguramente lo que me impide ver a mí el periodismo como un sacerdocio o  una religión sea el hecho de que yo escriba en periódicos sin haber  pasado por una facultad de Ciencias de la Información. Mi curiosidad es de ida y vuelta. Me gusta vivir las historias desde dentro, y hasta contarlas ( y por eso intento  recopilar lo que he vivido desde que llegué al Baleares en 1984)  pero me gusta, como estos días,  pasarme horas leyendo periódicos de papel. Cierro de momento la mochila y  el paréntesis de este verano, el tiempo en que  la reflexión no tiene que ser de urgencia, como volverá a serlo en cuestión de horas,  y la comparto en la red.   Qué, por qué y  para qué, aún  no lo sé. De momento sólo me atrevo a con el  quién  (que sería yo) y el dónde: entre Palma y Boquiñeni (Zaragoza) en  el mes de agosto de 2017, el de los atentados de Barcelona.

(PS. // Un diario, El País,  oculta hoy su portada ya que se vende encartado por la publicidad de un coche. Aún así,  compro a ciegas y me pregunto qué habría pasado si eso hubiera ocurrido al día siguiente de los atentados. ¿Se habrían tapado las fotografías? Ay, qué irrelevante puede  resultar todo, hasta lo trascendente)


lunes, 3 de julio de 2017

Farmacia de guardia, periódicos en la madrugada y un hipermercado

La Farmacia March Noguera, en el número 186 de la calle Joan Miró de Palma, ha cambiado de titularidad  en julio de 2017. Su hasta ahora propietario, el ex dirigente socialista balear Joan Mach Noguera (Palma, 1949), figura clave, no sólo para entender la política isleña, sino también las relaciones de ésta con el mundo de la empresa y de los medios de comunicación, ha optado por jubilarse y cerrar una etapa muy movida de la  historia,  repleta de episodios que hoy pueden ser ya vistos con cierta perspectiva.

Sobrino nieto del banquero que financió el vuelo del  Dragon Rapide que llevó a Franco de  Canarias a Marruecos  para encabezar el golpe contra el Gobierno republicano (julio de 1936),  Joan March Noguera es un personaje peculiar, que rompió con la familia, que vivió su etapa universitaria en Pamplona y que llegó al PSOE de la mano del Partido Socialista Popular (PSP) de Enrique Tierno Galván, que le retrata en su libro de memorias Cabos sueltos (Cinco Estrellas, Bruguera, Barcelona, 1981).
 Aunque es sabido que el ‘Viejo profesor’ (VP) se inventó buena parte de su biografía y que Cesar Alonso de los Ríos,  aportó pruebas fehacientes en La verdad sobre Tierno Galván  (Anaya, 1997), Tierno acierta plenamente con la descripción del joven March.  Aludiendo a la oportunidad de seguir adelante con un mitin en la plaza de toros de Vistalegre, el VP escribe lo siguiente: “Uno de nuestros compañeros, de inaudita energía, capacidad de trabajo infatigable y gran agilidad mental detrás de su apariencia tranquila y casi torpe, Juan March, fue quien insistió en hacerlo”.
Esa imagen, próxima al torpe aliño indumentario machadiano, es la que también paseaba en los años ochenta y noventa, cuando estuvo al frente del socialismo balear, se granjeó enemigos (entre otros, el alcalde de Palma Ramon Aguiló) y estuvo en la cocina de historias que todavía  tienen descosidos: el intento de lanzar un periódico de partido, la compra del diario Baleares, la disposición  de la Banca March a forzar la caída de Ramon Aguiló por oponerse a la construcción de un  hipermercado que auspiciaba, o la enorme deuda del partido que, por el episodio de  unas  letras  endosadas  (.................)  casi provocan el embargo de la sede central del PSOE en la calle Feraz de Madrid. Este último asunto  fue el que llevó a la intervención de las cuentas del partido en las Islas por parte de la ejecutiva federal y el que forzó su caída como secretario general en 1994.

Aquellos eran tiempos con menos  urgencias informativas, no existía el periodismo digital, ni los tuits ni nada semejante y March esperaba de madrugada  la salida de los diarios. Compraba todos y se los llevaba bajo el brazo de  camino, o de regreso, de la farmacia. Una farmacia, entonces con una rebotica y unas escaleras que llevaban a un despacho en el piso superior, en la que March hilvanó documentos que hoy suscribiría Podemos,  y que fue cuartel general de una estrategia que marcó el futuro del partido. Allí se hablaba de política, pero no solo. También de cómo abordar la relación con los medios de comunicación y de las relaciones de poder.
Le recuerdo, con pizza y cocacola, la noche que me contó que había que hacer algo con Aguiló que, en su opinión, se negaba 'a ser ayudado'.  En mayo de 1989, Ramón Aguiló, que  aquel mandato se había estrenado como alcalde en minoría,   decidió destituir a dos concejales, Esteban Siquier y Santiago Coll (que habían roto con UM para darle apoyo  y  formaban parte del equipo de gobierno) después de ambos apoyaran  una recalificación para dar salida al Pryca que se quería construir en Son Gotleu. Estaba yo  en El Dia, que entonces llevaba unida a su cabecera el número 16, y esa noche aprendí mucho de las relaciones entre la política, la empresa y los medios. Recuerdo con nitidez  el momento en que me preguntó  hasta qué punto creía que los periódicos de aquí, y concretamente en el que trabajaba,  se iban a hacer eco de una campaña de ‘denuncia’ del PSIB contra la Banca March. Rio ahora  sólo de pensar que el líder socialista (formalmente era vicesecretario general pero mandaba mucho) pudiera pensar que yo, con veintitantos años, tuviera  algo que decir sobre las decisiones que tomaba un periódico.
Pero la campaña que lanzó el PSIB no aludió a  la Banca March, sino a ‘Sa Banca’, así con mayúscula. Cómo me llama la atención esto de las marcas  y que,   todavía hoy y aquí, aún estemos polemizando sobre si hay que seguir llamando Sa Nostra a lo que dentro de nada será Bankia . O  que asumiéramos que el banco del los March tenía que ser ‘Sa Banca’.  Joan March Noguera, con Aguiló pendiente de un hilo, dio el visto bueno a una campaña de pasquines que iban a repartirse  por las calles de la ciudad: ‘El PSOE diu no a un hiper per imposició de Sa Banca’.
En aquella época, Pryca, que acariciaba la idea del hipermercado, estaba participado por la  Corporación Financiera Alba, el holding inversor de la Banca March.  El Diario de Mallorca era entonces propiedad de los March y la Baleares SA que detalló el hoy director de IB3, Andreu Manresa, en pleno apogeo.
Hay un libro que ayuda a reconstruir aquellos años y la crisis  del hipermercado,  el que publicó en 1996 la periodista Gina Garcías partiendo de  largas conversaciones  con el exalcalde de Palma. Se llama ‘Ramon Aguiló, memòria sentimental del canvi’ (Lleonard Muntaner Editor, Palma, 1966).  Recuerda Aguiló cómo, coincidiendo con el nacimiento de su segundo hijo, hubo un cambio en la dirección del Diario de Mallorca  y las tensiones emergieron cuando, en 1985, se puso sobre la mesa el proyecto para construir aquel centro comercial en Son Gotleu cuando El Corte Inglés también asomaba la cabeza. El PSOE gobernaba Palma entonces con mayoría absoluta. El proyecto se retiró el día que tenía que aprobarse. Su siguiente mandato, lo inició en minoría y , a partir de ahí, se inició una guerra de intereses. Consultar los periódicos de la época no es suficiente para hacerse una idea de lo que estaba pasando.  El relato no quedará completo hasta que se fusionen todas las versiones, también la de Aguiló y la de Joan March. Pero, igualmente,  las de otros protagonistas de aquellos tiempos, y que se supone que escribirán algún día  memorias que puedan arrojar luz sobre esas y otras historias.
 Hay nombres relevantes  e historias que, desde la distancia, parecen increíbles, como el intento de montar un periódico (de papel, claro) y que alcanzan a intrigas de novela sueca. Si todo esto fuera una novela, seguramente aparececería en ella   una farmacia de guardia y un farmacéutico que compraba diarios en la madrugada. Pero todo eso, tendrá que quedar para otro día.

sábado, 13 de mayo de 2017

La furgoneta de los periódicos

Llevo  tiempo fijándome en una furgoneta que aparca diariamente frente al bar donde mojo los periódicos en el café y que, en su  puerta trasera y también en las laterales, lleva un rótulo que pone 'Prensa'. El primer día experimente un sentimiento muy parecido al de la emoción. Presencié el momento en que se abría la puerta de atrás y vi cómo un hombre bajaba un carro de ruedas con varias cajas. Recordé aquellos tiempos en los que se descargaban montones de diarios en los quioscos y en las gasolineras y, también, cuando esos montones tomaban las esquinas de  algunas calles principales por las que pasabas alguna noche de fiesta en que el amanecer te salía al encuentro.  Pero no se trataba de eso: lo que estaban descargando de la furgoneta de reparto eran cajas con frutas y verduras para las tiendas de la zona.
 Al día siguiente, y a la vista de que se repetía la misma operación, apuré el café más rápido de lo habitual y crucé la calle aprovechando que las puertas de la furgoneta habían quedado abiertas mientras el repartidor entregaba su mercancía. En su interior, más cajas de frutas y verduras de temporada y, por el suelo, algunos periódicos. Justo del lado de la cabina, varios diarios abiertos de cualquier manera y, desde luego, con una fecha que no se correspondía a la del día. Cuál podía ser la utilidad final de aquellos papeles que llevaba la furgoneta con los rótulos de 'Prensa', no lo sé; igual era sacar lustre a las cebollas, las cerezas y los albaricoques antes de llegar a las estanterías. Las puertas aún me deparaban otra sorpresa. Una vez cerradas,  se componía un nombre que llenaba  la mayor parte de uno de los laterales y que leí,  Sgel;  es decir el nombre de la gran distribuidora de diarios, revistas y  libros de España. Todo un símbolo de los tiempos.

También las furgonetas y los camiones de bomberos cambian de actividad en Farenheit 451, la novela de Ray Bradbury que describe una sociedad en la que los bomberos ya no se dedican a sofocar incendios sino a prender fuego a los libros y a todo lo que sea papel escrito. Una pesadilla que igual está  ahora  bastante lejos de la realidad. Igual, por lo que sea, el futuro no será el de furgonetas de bomberos que quemen papel impreso,  sino el de furgonetas de periódicos que repartan alcachofas, manzanas y cerezas. Una cereza, un tuit, otra cereza, un retuit. Y así.

sábado, 4 de marzo de 2017

Cursach (y este blog)

El primero que me habló de Cursach fue un policía corrupto que,entonces, no lo era. Cuando conocí a aquel policía, él  estaba en  un sindicato que luchaba por defender, decía, los derechos de sus  compañeros. Era, yo, un recién llegado;  me citó en un despacho de la carretera de Valldemossa y me contó que había compañeros  que, cuando acababan su jornada de trabajo, se dedicaban a  la seguridad privada, a hacer de guardianes de discoteca y cosas así. Y me habló de Cursach. Y de cómo era el dueño de la noche y de los policías que la controlaban. Yo  sólo fui una vez al BCM, no como Ramon Aguiló Obrador que, según contaba el otro día en El Mundo, conoció a gente que se enamoraba allí.
Siempre, cuando empiezas, es la primera vez de algo. Recuerdo la primera vez que conocí a Andreu Manresa (él, igual no) ,  que ahora es el jefe de IB3,   y recuerdo la primera vez que hablé con Pedro Serra,  que es mi gran asignatura pendiente en este blog. Una vez le comenté  a Basilio Baltasar (que es el mejor director de periódico que he tenido) el problema ético que me plantea este blog que intento llevar, eso es que nunca lo daré por completo hasta que no cuente, de verdad, mi paso por el Baleares y Ultima Hora. Aún no estoy preparado, pero todo llegará. Lo primero que me encargó Pedro Serra fue que me fuera con Pedro Prieto al puerto. “Tengo este cajón lleno de artículos, lo que yo quiero son noticias¨, me dijo. Y supe que aquello era  entender lo que es el periodismo, aunque sé que si lo escribo me dirán que por algo lo escribo. Y no lo escribo por nada, salvo por escribir.
La memoria es selectiva. Y eso también es algo que afecta a Esteban Urreiztieta que, una vez cada tanto (hoy mismo, sábado, 4 de marzo)  se presenta como el gran descubridor de todo lo que pasa en Mallorca. Su memoria también es selectiva. Escribió un libro sobre UM  (se llamaba 'Mallorca és nostra. Crónica oculta del saqueo balear' )  y nunca contó de  cuando Pedro J. invitó a Munar, Pascual y Morales a su casa de Costa de los Pinos. El hoy director de El Español intentaba, por entonces, un pacto entre UM y Matas.  Él, Urreiztieta,  prefiere  incidir en otros asuntos, y detalles,  sin recordar, por ejemplo, el artículo de domingo (agosto de 2002) 'La boda que necesita Baleares', que le llevaría  a confirmar, o matizar, sus teorías. Pasa mucho en el periodismo.
De momento, sólo esto, es un desahogo porque cada vez estoy más harto de quienes consideran que gracias a ellos (o ellas) existe el periodismo.  Otro día contaré más.

sábado, 31 de diciembre de 2016

Entre dos años, y unos libros (Palabras para Victor)


Creo que no ha sido un mal año. Por ejemplo, supe  este 2016 que existía la séptima función del lenguaje, gracias al libro de Laurent  Binet, que se llama así, La séptima función del lenguaje. Y  siempre podré presumir de haber hablado, por fin, con Enrique Vila-Matas y de  contar, hasta el agotamiento, que Paula de Parma me dijo que a él le había gustado lo que escribí. Este año caí otra vez en sus redes  (y en la confusión de historias, situaciones  y personajes) con  Marienbad eléctrico  y Porque ella no lo pidió. Se  me revolvió la conciencia y me hice muchas preguntas sobre dónde está el límite de nuestra resistencia con La zona de interés de Martín Amis. En  pleno verano, La España vacía de Sergio del Molino, tuvo el efecto de un gran viaje hacia el interior y a los lugares de un país  que guardamos idealizado. Y aunque a él, al autor, no le gustaría  nada esa comparación, el efecto de ese libro   fue similar al  que me provocaron hace décadas los cuatro tomos de Gárgoris y Habidis  de Sánchez Dragó. Los buenos libros te llevan a otros. La España vacía me llevó a El Viaje de don Quijote, de Julio Llamazares, que  incluye una referencia Boquiñeni, el único lugar al que he viajado físicamente este año y en el que paso la mayor parte de mi imaginario.  Allí, en un bar de Boquiñeni,  hablé, en junio,  con  David Garcés, el  promotor de Zarracatalla, un proyecto de escritura coral. Por ejempo, Tay Todos. Un libro  breve,  La oposición, de Alfonso Mateo-Sagasta me inyectó mi droga favorita, la de la confusión en el espacio tiempo. Y una posibilidad seductora e  inquietante, que  la Historia es un género literario y que el presente no es consecuencia del pasado, sino que (más bien) del modo en que contamos el pasado es consecuencia del presente. Acabo el año, con las últimas páginas de Patria, de Fernando Aramburu, un puzle  que,  encajadas todas las piezas,  muestra lo que fue el universo vasco en tiempos de ETA. Creo que empezaré 2017 con The Time of mi Life, de  Hadley Freeman; un regalo especial  que viene con una esperanzadora proclama en su solapa: “Un ensayo sobre cómo el cine de los ochenta nos enseñó a ser más valientes, más feministas y más humanos”.
  Los años pueden ser muchas cosas, también los libros que lees, o por qué los lees. Y todas las respuestas a preguntas sobre cómo llegaron hasta ti, o a dónde te llevaron, o quién te los regaló, o quiénes han estado a tu lado cuando los leías.

Empieza un nuevo año y pienso en Victor. Ha cumplido cinco, es el nieto de mi hermana y eso me lleva a pensar que estoy en la edad de ser abuelo. Supongo que, por eso, llevo con  orgullo (o no sé cómo llamarlo) lo que me contaron el otro día, y que ahora desvelo ante la puerta de 2017: que había sido “el primero de su clase” en aprender a leer. Y que mientras el resto estaba con letras y sílabas, él ya  iba por las palabras y por las frases enteras.  Y delante de mí  le dieron un periódico y leyó enterito el titular grande de la portada. Y, en ese momento, me dije que ya tengo motivos para felicitar el año nuevo.

No sé cuando te llegará, pero ya te digo, entre dos años, que algún día sabrás, Victor, que me diste la idea sobre lo que tenía que contar cuando arrancara  2017, que  tiene que ser el año de los pequeños gestos, el año de las pequeñas victorias  y de las pequeñas cosas, el año de las minúsculas, que son las más grandes. Es verdad que lo empezaremos  con los peores temores sobre un grandullón, el próximo presidente de los Estados Unidos de América (que  tomará posesión coincidiendo con las imaginarias fiestas de Palma) y hasta viviremos con el alma en vilo sobre hasta dónde lo aguantarán allá. La buena noticia es que columnas de mujeres van a salir a la calle en Washington, Boston, New York y California (y, seguramente en toda Europa,  y también en España)   para  recordarle que están allí y que el mundo es, preferentemente, de ellas. Ellas, como siempre ha ocurrido, nos ayudarán a recordar que este 2017 tienen que ir cayendo barreras e ideas preconcebidas. Allá, pero también aquí.
Este 2017 será el año de las minúsculas, que son las más grandes.
Caerán, por ejemplo, las mayúsculas. Y, con ellas, las frases hechas y los plurales mayestáticos a la hora de contar la Historia. Este 2017 no nos quedará más remedio que organizarnos individualmente. Yo, tú, él, ella, nosotros y nosotras. Y vosotras y vosotros. Y ellas y ellos. Este es un año que nos tiene que dar, desde la tranquilidad relativa,  para reflexionar sobre qué nos ha pasado en el anterior. De cómo, por lo que se refiere a este país, dejamos escapar  la oportunidad de cambiar el mapa político. Habrá que preguntarse si hicimos todo lo necesario, y si nos equivocamos. O si de verdad queríamos que nada cambiase. Yo, tú, él ella, nosotros y nosotras vamos a empezar a cambiarlo todo desde abajo, como hormigas minúsculas. Creímos, por un momento, que los nuevos dioses venían con algo nuevo que decir o que hacer. Y no lo hicieron. Algunos querían volar alto y se quemaron. Otros se cortaron la cabeza y las manos en guerras que no explicaron. Y ahora es nuestro turno. Queda mucho por hacer. Mucho que escribir. Y mucho que leer. Espero que sea contigo, Victor. Feliz 2017.


sábado, 19 de noviembre de 2016

El día que llegué a El Día

Los ochenta, 1987 supongo. Llegué a El Día de Baleares con una protesta recién convocada. Hacía ya varios años que ese periódico estaba en la calle. Lo habían fundado, en 1981, entre otros,  Abel Matutes y el empresario hotelero Gabriel Barceló. Su primer director fue Antonio Alemany. Rompía, por el diseño y por la manera de enfocar las noticias, con la manera de hacer periodismo en las Islas. A mí me gustaban, sobre todo, las portadas, aunque no siempre (por no decir casi nunca) compartía sus interpretaciones. Pero había tejido allí grandes amistades.

Recién llegado,  o casi,  a Gremio Herreros del polígono de Son Castelló, que es donde estaba el periódico, me llamaron a un despacho que, entonces,  me pareció  un cuchitril y donde  alguien que me recordó, por la barba, al capitán Ahab de Moby Dick o al presidente  Abraham Lincoln me puso al tanto de la situación. Al parecer se estaba llamando al todo el personal del periódico para  saber qué posición iba a adoptar ante la protesta. Con el tiempo, comprobaría que el activismo y las ganas de protesta eran una seña de identidad de aquella plantilla en la que me integré. Incluso, en un acto conmemorativo, Gabriel Barceló dijo que, el suyo, había sido el primer periódico de Baleares en el que se había hecho huelga durante varios días. Cuando yo llegué, detrás del capitán Ahab había otro señor, delgado y con bigote, que  también me invitó a reflexionar sobre mi reciente incorporación a la empresa y sobre si, recién llegado, tenía razones para quejarme. Nunca he dejado de quejarme.

Había llegado a El Día casi recién salido del Baleares donde, cuando me daban el finiquito, alguien me dijo: ¨Tú, acabarás en El Día”. Y es que, casi nadie ignoraba en el Baleares que mi amiga del alma era Mariló Suárez,  que también era corresponsal de Diario 16,  que ya se había ido a El Día, y que antes de irse, a ella y a mí nos venían a buscar amigos del periódico de la calle Gremio Herreros. En aquella época, algo impensable hoy, el Baleares tenía un bar y allá nos esperaban Tomás Bordoy o Pepe Massot, que hoy luce en las  páginas de Cultura de La Vanguardia.

Efectivamente, llegué al El Día. Aunque lo primero que hice no me gustó nada. De hecho, era bastante frustrante. Aún existían los teletipos, esas máquinas que escupían rollos de papel con la noticias de agencia, y yo me tenía que encargar de seleccionar las que tenían que ver sobre España y teclearlas. Ya no había máquinas de escribir, sino ordenadores con pantalla verde, pero mi cometido era muy deprimente: copiar lo que las agencias habían escrito.
Así empecé en aquel periódico. Al poco descubrí que sólo podía ‘realizarme’, o aportar cierta ‘creatividad’, en los titulares y en los pies de foto. Titular y escribir pies de foto era lo único que me llenaba en aquella época. Sobre todo cuando llegó Yolanda Garisoaín, ‘Yoligari’ como la bauticé, una periodista de Pamplona a la que nunca he podido olvidar y que creo que ahora está por la República Dominicana. ‘Yoli’ y yo nos recreábamos en los pies de foto, que estaban menos vigilados que los titulares. Colamos un ‘el gobernador, por los suelos’ en una foto en que se veía a un gobernador del País Vasco agachado después de algo serio.
Por suerte, aquel suplicio se acabó y pudimos ocuparnos de la información local. Recuerdo un gran reportaje de Yolanda sobre Son Banya, que tituló ‘Al este del desdén’,  y que yo me metí en la información municipal en los días en que Ramón Aguiló no las tenía todas consigo.

Supongo que me viene a la memoria todo esto ante las noticias que llegan en este noviembre de 2016 sobre cambios en el accionariado del diario, que ahora se llama El Mundo de Baleares, y  que eso ha agitado mis recuerdos. No sé cómo acabará todo ni si la venta de las acciones de Barceló al grupo italiano que manda en El Mundo sólo es una estratagema. Me  gustaría que El Día siguiera en los quioscos porque es una parte de mí.

Creo que ese periódico es un caso único. Ha cambiado varias veces de nombre y ha sobrevivido. Me subí en el barco cuando era El Día;  viví su conversión a El Día 16; brevemente se llamó otra vez El Día; fue luego El Día del Mundo y acabó como El Mundo de Baleares. Si pudiera elegir, me quedaría con El Día del Mundo y la etapa de libertad que, con claroscuros, le dio Basilio Baltasar en la dirección. Pero también me esforzaría por entender a Tomás y algunas apuestas que hizo. Por lo que nunca pasaré es por aquella etapa,  para mí más triste y lamentable del periódico, la de Eduardo Inda. Inda representa, en mi opinión, lo peor del periodismo. Y eso explica la fuga de octubre de 2002, que algún día habrá que contar.
En fin, suerte. Os quiero ver en los quioscos. Cada día.


lunes, 22 de agosto de 2016

El secreto del palacio de congresos (2)

El secreto del palacio de congresos. Divertimento veraniego (2)

Viene de 
http://jutobla.blogspot.com.es/2016/08/el-secreto-del-palacio-de-congresos.html

Hacía muy poco que Luis Antonio Bolín,  uno de sus superiores en el Ministerio de la Gobernación –que entonces se ocupaba del Turismo-  , había acuñado un lema para promocionar España en el exterior que, con el tiempo y ligeros retoques, iba a hacerse muy popular: Spain is beautifful and different. El famoso “España es diferente”,  que durante décadas se utilizó también como gesto de afirmación patriótica ante todo lo que venía de fuera. Como todos los buenos eslóganes, tanto valía para una cosa como para  la contraria. Por eso,  aunque los sectores más radicales de la Falange llegaron a proponer la abolición del turismo una vez instaurado el nuevo régimen, España eligió el camino contrario y puso  las bases para una lenta invasión que cambiaría de raíz los usos y costumbres del país.  Que los dirigentes de la España que salía de la Guerra Civil decidieran unir el turismo al  Ministerio de la Gobernación, y quien dice Gobernación dice Policía  da idea del valor estratégico que aquel régimen, por los motivos que fuera,  daba al turismo.

Sí, he escrito ‘lenta invasión’. La expresión es de Prade y todo lo que vino después tiene que ver  con lo que aquel hombre, que escribía su nombre en español pese a su apellido germano, empezó a explicar  aquella mañana en Barcelona. No sé si finalmente podré convocar una rueda de prensa y contarlo todo, el presidente no me autoriza, pero te lo voy a adelantar a ti. Podrás leer el relato que me entregaron  al asumir el cargo  y otras informaciones que he ido recabando desde entonces  y que tú puedes administrar como quieras.  No sé si podrás publicarlo ni si aún estamos a tiempo. Todo dependerá mucho de cuando se inaugure el palacio de congresos.

Prade esperaba despachar a aquel hombre en poco tiempo. El necesario para decirle que no podía organizar viajes en autobús por Barcelona, y entre Barcelona y otras ciudades, sin un visado especial del sindicato y la autorización de Gobernación. El era un extranjero, que  hablaba  bastante bien el español y se presentó  como Marcos  Shcneider. Había chocado con Margarita Rovira, muy bien relacionada con el Gobierno y Falange. ‘Nada se mueve en Barcelona sin los Rovira’ le comentó mientras cogía un bolígrafo de la mesa para firmar una orden de expulsión.
“También puedo organizar  viajes rápidos en avión a Mallorca, desde Alemania y desde otras ciudades europeas”, le oyó decir. Prade se echó hacia atrás arrastrando la silla,  dejo la estilográfica sobre la mesa, sacó una cajetilla de tabaco, cogió un cigarrillo y ofreció uno a su interlocutor. “¿Qué me está  diciendo?” 

Semanas después  viajaban a Mallorca, pero no en avión, sino en barco y acompañados, aunque eso nunca trascendió (creo que eres la primera periodista en saberlo)  de  Rafael Arias Salgado, que se acaba de estrenar en un Ministerio de nueva creación, el de Información y Turismo. Fue una travesía animada y con mucha música. En Palma iba a celebrarse  el primer festival internacional de danzas folclóricas. También viajaban  grupos españoles, belgas, franceses, italianos  y alemanes que actuarían en la plaza de toros. Al recién nombrado  ministro le extrañó que una Isla tuviera plaza de toros.  Schneider, que ya había estado antes en Mallorca,  les comentó  que era  una Isla sorprendente,  que se alojarían en un hotel recién inaugurado en Palma y que luego irían a Cala D´ or y Cala Rajada.

Antes de la guerra (del Movimiento o de la cruzada, según el lenguaje de entonces)   Cala Rajada, a unos ochenta kilómetros Palma, había sido una especie de colonia de extranjeros en Mallorca. Muchos alemanes se habían instalado allí. Algunos huyendo del nacionalsocialismo. Pero otros, persiguiéndoles y mezclándose con ellos a la espera, les contó, de que cayera la república española, como así fue, y poder establecer una sólida alianza con los militares españoles sublevados para colaborar en el nuevo orden que se iba a establecer. Parece que  incluso se preparó un viaje relámpago de Goebbels pero no llegó a concretarse.  ¿Habéis oído hablar de la Kraft durch Freude?   les peguntó Scheider.

jueves, 18 de agosto de 2016

El secreto del palacio de congresos


El secreto del palacio de congresos (I) Divertimento turístico para el verano

Lee esto con atención y  adminístralo como te parezca. Soy Biel Català,  conseller  de Turismo del Gobierno de las Islas Baleares y, como todos mis antecesores,   recibí una carpeta muy especial durante las negociaciones del traspaso de poderes. Me la entregó personalmente Carlos Bizarro. Me había llamado por teléfono días atrás, antes incluso de que trascendiera que el  presidente  me iba a proponer para el cargo. “Tenemos que hablar, es importante que nos veamos antes de que me sustituyas”, me dijo. Le respondí con la primera pregunta que me vino a la cabeza: “¿Me vas a contar los motivos por los que tampoco acabasteis el Palacio de Congresos y qué habéis estado haciendo ahí todos estos años?” “Algo así”, me respondió.

Me vi con Bizarro a la mañana siguiente, cuando algunos periódicos ya daban mi nombre como posible consejero y el digital Mallorca.com, vinculado a la federación hotelera destacaba mi “buena relación con el sector hotelero y el turismo en general”. Bizarro habló sin rodeos: “Tu sabes que, desde 1983, el primer cargo del Gobierno que se decide, antes incluso que el de presidente, es el del consejero de Turismo. Todo eso tiene una explicación, que lo deciden desde muy arriba y que, quién nos elige, lo hace para que sigamos un plan.  El turismo es nuestra primera industria  y estamos aquí para administrar una información de mucho valor  y transmitirla a quienes nos sucedan mientras llegue lo que, más pronto o más tarde, tiene que ocurrir”. Y me preguntó: ‘¿Qué sabes de Valeriano Prade?

Yo nunca tuve ocasión de hablar con el capitán Valeriano Prade pero sé  lo que todo el mundo, que es un personaje de leyenda vinculado a los orígenes del turismo de masas en Baleares, que su nombre está unido todos los proyectos, que un barco de la Trasmediterránea llevó su nombre, que una sala del aeropuerto está dedicada a su obra, que el primer gobierno autónomo lanzó unas becas con su nombre y que el palacio de congresos, si es que alguna vez se inaugura,  incluirá, junto a la sala  de la cámara acorazada del sótano, una exposición permanente con un proyecto que dejó inédito.  Prade  fue el único cargo del franquismo que se mantuvo ininterrumpidamente entre 1951  cuando le nombraron delegado provincial de Turismo y  1983,  cuando  la comunidad autónoma nombró a su primer consejero. Prade tiene todas las condecoraciones  posibles y a su funeral asistieron el rey Juan Carlos  y el presidente de Gobierno Felipe González.  Lo que desconocía totalmente es que hubiera escrito unas memorias y que yo iba a ser una de las pocas personas en leerlas.

Aquí es donde empieza de verdad  esta historia, con las memorias de Valeriano Prade que me entregó Carlos Bizarro tras  una reunión extraordinaria del comité de notables del Ibatur. El  Instituto Balear de Turismo, o Ibatur  es el departamento autónomo más importante de las Islas. La suma de la edad de sus notables  supera los  260 años   y los puestos pasan de padres a hijos. Es como un Senado turístico con más poder que el propio Parlament. Todos los consejeros de turismo terminan en el  Ibatur con carácter vitalicio y ni siquiera la gran crisis de los mercados ni la irrupción de nuevos partidos después de un ciclo de elecciones permanentes en España  consiguió cambiarlo.
Las memorias de Prade se inician en el último año de la década de los cuarenta  del siglo XX, concretamente en Barcelona, cuando era delegado  del Ministerio de Gobernación en aquella ciudad. 

 Empiezan  una mañana en la que llegó más tarde de lo habitual a su despacho. Hacía rato que le esperaba alguien al que había mandado llamar para aclarar qué había de cierto en una denuncia que tenía sobre la mesa desde días atrás. Con la parsimonia habitual de aquellos tiempos, no se quiso dar por enterado en un primer momento y le hizo esperar un rato más. "Que sepa quién manda aquí", se dijo antes de hacerlo entrar. Le saludo en español pero con un acento que no distinguió claramente y que bien podría ser alemán. Era muy alto. Prade echó mano de una carpeta con el nombre del recién llegado y que contenía una serie de impresos sobre sus actividades. Al aparecer había abierto una corresponsalía o agencia de viajes sin los visados preceptivos y a espaldas del sindicato vertical de transportes.