jueves, 19 de mayo de 2016

Vila-Matas no se acaba nunca

Me ocurre algo extraño con los libros de Vila-Matas. Me van desapareciendo aunque yo estoy convencido de que, una vez leídos, les hago un hueco en la estantería. No desaparecen todos, pero sí algunos que recuerdo por algún motivo especial y con los que no consigo dar estos días pese a que   los busco afanosamente. Estoy seguro de que nadie los ha cogido y de que no los he prestado. Sólo me queda pensar que no quieren quedarse quietos o que siguen escribiéndose solos (lo que no resultaría extraño siendo de Vila-Matas). Por eso estoy tomando medidas para que no huyan todos uno tras otro. Sé que leí Hijos sin Hijos porque recuerdo que alguien iba buscando un nombre secreto por Zaragoza. Y estoy hecho a que París no  se acaba nunca. Esos títulos en concreto (y algunos más) no están donde yo creía haberlos dejado. Por cierto, que París no se acaba nunca me sirvió para acercarme por primera vez a EVM. Diré que él estaba sentado en un bar y más adelante (si todo este texto no va desapareciendo conforme añado palabras mientras espero a que termine una reunión política de la que tengo que informar en el periódico de mañana) contaré cómo fue aquello.
   Estaba con lo de los libros que, una vez leídos, no se quedan quietos. Y contaba que estoy tomando medidas. Por ejemplo, poner a buen recaudo (o eso me parece a mí) Marienbad eléctrico, que es el ultimo que he leído. Lo primero que he hecho ha sido separarlo de Porque ella no lo pidió. Conociendo como se las gastan EVM y sus fantasamas, supongo que ambas historias, o las historias que contienen ambas historias, terminarían haciendo de las suyas y arreglándoselas para escapar  juntas y confundirme del todo. O tomo medidas, o Dominique Gonzalez -Foerster se fundirá con Sophie Calle y será tan fácil engañarme que nunca sabré si fue en el Bonaparte o en el Café de la Flore el principio de todo. Envidio (o admiro, que es la manera lógica de envidiar) a Enrique Vila-Matas. Meterse en una historia suya es como escarbar la tierra mojada del campo con las manos. Empiezas por lo superficial, que es lo que se ve a simple vista, un fruto o una hortaliza o lo que sea; sigues removiendo, tocas la raíz y luego vas tanteando un mundo subterráneo que se antoja infinito. Los libros de Vila-Matas te  conducen de un lado para otro y no terminan nunca porque (por ejemplo) te obligan a comprobar todas las citas, una a una. Hay noches que te desvelas buscando puertas de habitaciones inexistentes de hoteles inexistentes que luego se aparecen en los sueños. No sé, por ejemplo, si en uno de esos sueños se quedó Una casa para siempre,  libro extraño que incluía un ventrílocuo. O era al revés.
   La única vez que hable con Vila-Matas, actúe con temor reverencial. Él, estaba sentado en un bar.   No recuerdo si le acompañaba Paula de Parma, que había escapado de la dedicatoria, o era Pepe de Palma el que estaba con él. Lo que sí recuerdo es que le abordé con reparos pues iba con la idea de comentarle que me había divertido mucho con París. Se lo dije con temor a que lo último que pretendiera Vila-Matas al escribirlo fuera  hacer reír. Todo es misterioso e inquietante.  Hasta cuando estoy en el periódico  pendiente de una noticia, me persigue el espíritu de Vila-Matas, que no se acaba nunca. Tampoco sé porque escribo todo esto. Bueno, sí. Por miedo al ' síndrome de  Bartleby'. Y al de compañía, claro.

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